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El susto iraní empieza a aflojar

Por Daniel Grinspon

Durante años el régimen iraní se presentó como un monstruo invencible. Misiles para todos lados, milicias desparramadas por medio Medio Oriente y discursos prometiendo borrar a Israel del mapa cada vez que aparecía un micrófono.

Era un libreto bastante repetido. El problema con los libretos es cuando aparece la realidad.

En estas semanas empezó a verse algo interesante. Israel y Estados Unidos empezaron a pegar donde duele de verdad: radares, bases, depósitos de misiles… y también parte de la cúpula militar. A varios de los que manejaban el aparato de defensa directamente los sacaron del tablero.

Nada de invasiones espectaculares ni escenas de película. Golpes quirúrgicos. De esos que no hacen demasiado ruido, pero desordenan todo.

Y cuando empiezan a caer esas piezas, el famoso poder intimidatorio empieza a perder volumen.
Irán sigue teniendo misiles, claro. Pero la tormenta devastadora que el régimen prometía cada vez que hablaba terminó siendo bastante más chica.

Los daños en Israel, comparados con lo que Teherán anunciaba desde hace décadas, fueron limitados. No inexistentes, pero muy lejos del apocalipsis que se prometía en cada discurso.
Y eso también pesa.

Porque cuando uno amenaza durante años con el fin del mundo y después el mundo sigue bastante en pie, algo del mito empieza a desinflarse.

Lo curioso vino después.

Irán empezó a lanzar ataques contra otros países de la región. No solo contra Israel.

Más que una demostración de fuerza, eso suena bastante a otra cosa: la necesidad de mostrar que todavía puede pegarle a alguien. Cuando un boxeador empieza a tirar golpes para todos lados, generalmente no es porque esté dominando la pelea. Es porque algo ya no le está saliendo tan bien.

Mientras tanto, dentro de Irán la realidad tampoco es tan heroica como en los discursos. Millones de jóvenes viviendo entre crisis económica, policía religiosa y promesas revolucionarias que ya suenan bastante gastadas. Ese malestar está ahí. Hace años.

Por eso lo que está pasando ahora puede tener consecuencias más profundas de lo que parece.
Porque hay algo que el régimen iraní repite desde hace décadas: que destruir al Estado judío es casi una misión histórica.

La historia tiene un pequeño detalle con esas promesas.

Ya hubo imperios, inquisiciones, dictaduras y fanáticos que juraron exactamente lo mismo. Todos parecían muy poderosos en su momento. Y sin embargo el pueblo judío sigue acá.

Los que fueron desapareciendo, curiosamente, casi siempre fueron los que gritaban que lo iban a borrar.
Irán todavía puede hacer daño, nadie lo discute.

Pero cuando un régimen necesita gritar cada vez más fuerte para convencer al mundo de que es temible, muchas veces es porque en el fondo empieza a sospechar que el susto ya no funciona como antes.
Y cuando el susto deja de funcionar… la historia suele empezar a cambiar de dueño.

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