LOS EXTREMOS SE TOCAN Y EL GENOCIDIO SE BANALIZA
Lo que hoy resulta evidente es que los extremos ideológicos que en teoría deberían repelerse terminan marchando juntos. La izquierda más radical y la derecha nacionalista más rancia comparten pancarta, consigna y grito cuando se trata de condenar a Israel. La contradicción dura apenas unos segundos: lo que tarda cada uno en advertir que el punto de coincidencia sigue siendo el mismo de siempre. El viejo odio al judío.
Conviene decirlo con claridad. No se trata únicamente de empatía con el drama palestino. Porque tragedias sobran en el mundo. Yemen arrasado. Siria convertida en un matadero. Sudán hundido en guerras interminables. Ucrania devastada por la invasión rusa. Y también Irán, donde millones de personas viven bajo un régimen que encarcela opositores, ejecuta disidentes y reprime protestas con brutalidad. Sin embargo, las plazas de Occidente no se llenan por ellos. El dolor humano parece tener jerarquías muy particulares y la indignación internacional se activa con una selectividad curiosamente precisa.
Resulta claro entonces que el caso israelí ocupa un lugar distinto. No alcanza con el lamento por los civiles muertos ni con la indignación por los bombardeos. Lo que aparece es algo más profundo. Existe un extraño placer en señalar al judío como culpable universal. Allí coinciden, como espejos deformados, la militante extrema de izquierda y el ultranacionalista de derecha. La dictadura del proletariado y la dictadura del orden descubren que comparten una antigua zona de encuentro: el antisemitismo.
En los últimos meses este fenómeno adoptó además una forma particularmente reveladora. Para muchos activistas contemporáneos la palabra “judío” se ha vuelto casi sinónimo de “sionista”. La ecuación es brutalmente simple: si alguien es judío, entonces debe responder por las decisiones del Estado de Israel. Curiosamente esa lógica no se aplica a ningún otro pueblo. Nadie supone que todo católico sea responsable del Vaticano ni que todo musulmán responda por el régimen iraní. Con los judíos, sin embargo, la regla parece funcionar de otro modo.
Ese clima explica también el crecimiento visible de episodios antisemitas en universidades, redes sociales y manifestaciones políticas en buena parte del mundo occidental. La crítica legítima a un gobierno se transforma con sorprendente facilidad en algo distinto: la demonización colectiva de un pueblo entero. Europa conoce demasiado bien ese mecanismo. Cambian las consignas, cambian los carteles, pero el mecanismo resulta inquietantemente familiar.
El antisemitismo nunca desaparece: simplemente aprende a hablar el idioma moral de cada época.
Frente a este panorama aparece otra cuestión. La banalización del genocidio se ha convertido en moneda corriente. Se acusa a Israel de genocidio como si se tratara de una consigna universitaria repetida en una asamblea. Sin embargo, en términos jurídicos el genocidio exige algo muy específico: la intención deliberada de exterminar a un pueblo como tal. No cabe duda alguna que eso hicieron los nazis con los judíos, los hutus con los tutsis o los serbios en Srebrenica.
Israel, en cambio, ha desplegado un gesto casi inédito en la historia bélica moderna: advertir a la población civil antes de bombardear. Puede discutirse la eficacia de esos avisos en un territorio hacinado, pero lo cierto es que existieron. Ahora bien, ¿dónde estuvieron esas advertencias en Dresde, Hamburgo, Hiroshima o Nagasaki? Allí no hubo mensajes de evacuación ni advertencias previas. Allí hubo fuego. Y nada más.
Mientras buena parte del debate internacional continúa concentrado exclusivamente en Gaza, el verdadero tablero estratégico se juega miles de kilómetros más al este. Israel ha comenzado a golpear objetivos dentro de Irán. No por capricho expansionista ni por una aventura militar gratuita, sino por una razón estratégica bastante simple: el régimen iraní lleva décadas financiando milicias que rodean a Israel desde múltiples frentes: Hezbollah en el Líbano, Hamas en Gaza y estructuras armadas en Siria, Irak o Yemen, mientras desarrolla de forma persistente su programa nuclear.
Ese programa nuclear constituye el núcleo real del conflicto. Desde hace años la discusión internacional ya no gira en torno a si Irán intenta alcanzar capacidad nuclear militar, sino a cuánto falta para que lo logre. Cuando un régimen que proclama abiertamente la destrucción de otro Estado avanza hacia la posibilidad de fabricar armas nucleares, el problema deja de ser diplomático y pasa a ser existencial.
Aquí aparece además un elemento revelador del momento actual. El odio hacia los judíos ha alcanzado un punto en el que el régimen iraní no sólo amenaza a Israel. Mientras lanza misiles contra población civil israelí y promete ataques contra objetivos judíos en distintas partes del mundo, también termina desestabilizando y golpeando a países musulmanes de la propia región a través de sus milicias, guerras por delegación y lanzamiento de misiles. La paradoja es brutal: en nombre de la “defensa de Palestina” se termina apoyando el incendio de Medio Oriente entero.
Aquí aparece una ironía que rara vez se menciona. Muchos sostienen que Israel también posee armas nucleares. Puede ser. Pero incluso si así fuera, hay al menos una certeza empírica bastante evidente: nunca las ha utilizado. En una región donde abundan las amenazas apocalípticas, ese pequeño detalle suele desaparecer misteriosamente del debate.
El conflicto actual tampoco puede comprenderse sin recordar el 7 de octubre. Ese día Hamas perpetró la mayor masacre de judíos desde el Holocausto: civiles asesinados, familias enteras ejecutadas, secuestros masivos y cientos de rehenes trasladados a Gaza. Ese episodio redefinió la política de seguridad israelí y alteró todo el equilibrio estratégico de Medio Oriente.
En este contexto, la decisión israelí ha sido clara: no permitir que quienes planificaron o financiaron esa masacre queden impunes. Durante años en la Argentina se cantó en las calles una consigna que decía que a los nazis, donde vayan, se los iría a buscar. Israel decidió tomarse esa frase de manera literal.
Aquí aparece otra paradoja de nuestro tiempo. Muchos de los que hoy se escandalizan por las operaciones israelíes dentro de Irán guardaron durante años un silencio bastante prudente cuando el propio régimen iraní reprimía brutalmente a su población. Durante las protestas iniciadas tras la muerte de Mahsa Amini, miles de iraníes fueron asesinados, encarcelados o desaparecidos por exigir algo tan elemental como vivir en libertad.
Las cifras acumuladas de víctimas de la represión política iraní alcanzan magnitudes estremecedoras. Y aquí surge una comparación incómoda para nuestra sensibilidad argentina. En nuestro país recordamos cada 24 de marzo a los desaparecidos de la última dictadura militar. Sin embargo, cuando números de una escala comparable emergen bajo un régimen teocrático como el iraní con ejecuciones, presos políticos y opositores borrados del mapa, el escándalo moral internacional parece diluirse en un silencio bastante selectivo.
La paradoja es evidente. Los mismos sectores que en Argentina reivindican la memoria, la verdad y la justicia frente a la represión estatal parecen perder súbitamente la voz cuando el Estado represor lleva turbante. La memoria, como el dolor, también parece tener geografía.
En ese estado de cosas conviene observar algo más. Si la intención deliberada de Israel fuera exterminar a su enemigo, la devastación podría producirse en cuestión de horas. Su superioridad militar es evidente. Sin embargo, la guerra se prolonga con operaciones limitadas, con enormes costos económicos y con vidas de soldados israelíes en riesgo. Israel ha elegido la guerra lenta, costosa e imperfecta antes que la aniquilación total. Esa sola evidencia vuelve difícil sostener la narrativa del genocidio.
De este modo, lo que une a los extremos no es la defensa de la paz sino el viejo odio que siempre encuentra un nuevo disfraz. Y lo que separa a Israel de muchos de sus críticos es algo bastante concreto: mientras unos repiten consignas morales de manual, Israel actúa bajo la lógica brutal de la supervivencia.
Cada época inventa nuevas palabras para justificar viejos odios.
Hace unos días me topé con una pregunta perturbadora: ¿qué lugar habría ocupado usted en la Europa nazi de los años 30? Casi todos respondemos que hubiéramos protegido a un judío, convencidos de nuestra valentía retrospectiva. Pero lo cierto es que ese lugar no se anuncia: se ocupa en el presente, con gestos y silencios que ya nos definen. Uno supone que no decide qué papel le toca en su tiempo… ¿o sí?
Leo Kahan.
