La democracia bajo presión y la transformación del orden mundial

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Comentario de Evan Ellis
Publicado el 12 de agosto de 2026

Este trabajo es una adaptación de una intervención realizada ante el Instituto Interamericano para la Democracia el 30 de julio de 2026.

Una convergencia de fuerzas está transformando actualmente el entorno mundial y plantea graves riesgos para la democracia, la prosperidad y la seguridad. En una encuesta de Latinobarómetro, la mitad de las personas consultadas en América Latina afirmó que apoyaría a un líder capaz de ofrecer resultados, aunque para ello fuera necesario recurrir a soluciones no democráticas. Tanto en América como en otras regiones del mundo, crece la amenaza contra la democracia, el orden y la prosperidad.

A lo largo de la historia, las sociedades democráticas se han desencantado ante el desempeño insuficiente de sus gobiernos, en particular frente a sus necesidades materiales y a la inseguridad. Las recientes elecciones en Chile, Colombia, Ecuador y Perú estuvieron dominadas por estas preocupaciones, especialmente por la inseguridad. La corrupción, alimentada en parte por las actividades delictivas transnacionales, debilita la esperanza de que las instituciones democráticas puedan mejorar la situación.

La hiperconectividad de internet y de las redes sociales ha ampliado el intercambio de percepciones y el debate entre las personas, pero también los ha distorsionado y fragmentado. La inteligencia artificial ha multiplicado enormemente los contenidos y facilitado el acceso a la información; sin embargo, también ha alimentado el cinismo ciudadano al convertir la fabricación o la tergiversación de contenidos en prácticas habituales.

Si la tecnología ha contribuido más a erosionar que a promover el diálogo comunitario indispensable para la democracia, su aplicación práctica también ha reforzado, posiblemente, el control estatal en detrimento del individuo. En ningún lugar resulta esto más visible que en la República Popular China (RPC), donde las cámaras con reconocimiento facial —vinculadas a los datos financieros y de otra naturaleza de los ciudadanos, a los controles de internet y al transporte público— han convertido en realidad aquello que el filósofo Jeremy Bentham denominó el panóptico. Esta tecnología ha permitido alcanzar niveles de control estatal sobre la sociedad a los que el gobierno de la antigua Unión Soviética solo podía aspirar.

La combinación de estas tecnologías otorga al Estado un conocimiento sin precedentes sobre las actividades individuales, incluida la capacidad de identificar conductas consideradas indeseables en personas y grupos. También le permite castigar a esos individuos mediante el control de su acceso al mundo digital, hoy fundamental para comunicarse, transportarse, recibir atención médica, comprar alimentos y realizar casi cualquier otra actividad de la vida moderna. Esto incluye las arquitecturas instaladas en China y en países autoritarios aliados que han recibido sistemas chinos, como el Carnet de la Patria en Venezuela, el sistema integrado de seguridad ECU-911 en Ecuador y el sistema integrado de mando, control y seguridad ciudadana BOL-110 en Bolivia.

El ascenso de la RPC también habría influido en la percepción de la democracia. Durante la Guerra Fría, el contraste entre Estados Unidos —con su vitalidad cultural y sus logros económicos y tecnológicos— y la opresión de la Unión Soviética y de la China de Mao era evidente. Hoy, en cambio, la “China comunista”, vista a través de los influencers de YouTube, aparece como un mundo de relucientes rascacielos, trenes rápidos y limpios y sistemas de pago digital. Esa impresión positiva suele contrastar desfavorablemente con la infraestructura envejecida y cubierta de grafitis de las ciudades estadounidenses, así como con un sistema político que parece polarizado y disfuncional.

Una encuesta publicada recientemente por AMLAT Radar revela que, por primera vez, los latinoamericanos consideran a China —y no a Estados Unidos— como el mejor modelo de desarrollo: el 36 % de los encuestados eligió a la RPC, siete puntos porcentuales más que en el sondeo anterior, realizado en 2022. Mientras tanto, quienes optaron por Estados Unidos disminuyeron 13 puntos porcentuales, lo que relegó al país al tercer lugar, detrás de Japón.

Cambios en el entorno mundial que afectan negativamente el orden, la seguridad y la prosperidad

Profundas transformaciones se producen simultáneamente, complementando las fuerzas que debilitan la democracia y amenazan el orden mundial: el ascenso de China; sus interacciones mutuamente beneficiosas con diversos gobiernos iliberales; el cambio de postura de Estados Unidos; el efecto de los avances tecnológicos sobre la economía mundial, los asuntos militares y el equilibrio de poder entre China y Estados Unidos; y la probabilidad de que se produzca una o más conmociones globales de gran magnitud.

En primer lugar, el orden internacional basado en reglas se desmorona a un ritmo cada vez más acelerado, impulsado por la sinergia —no planificada, pero crecientemente importante— entre una RPC cada vez más poderosa y un grupo heterogéneo de Estados iliberales, entre ellos Irán, Venezuela y Corea del Norte. Para estos países, los vínculos comerciales y de otro tipo con la RPC ofrecen alternativas a las normas y restricciones del sistema occidental predominante. A su vez, trabajar con regímenes iliberales favorece los objetivos comerciales, tecnológicos y estratégicos de China. También contribuye a la supervivencia de esos regímenes de maneras que distraen y debilitan a los rivales de Pekín, como Estados Unidos.

El actual alejamiento de Estados Unidos de su papel como sostén de las instituciones del orden basado en reglas, junto con un nuevo énfasis en acciones orientadas por el interés propio —como plantea la actual Estrategia de Seguridad Nacional— en lugar de normas y reglas compartidas, también acelera el deterioro de ese orden.

En segundo lugar, las nuevas tecnologías, además de reforzar el poder del Estado sobre su propia población, han otorgado a países pequeños y actores no estatales una capacidad sin precedentes para perturbar a adversarios mucho mayores. Esta dinámica puede observarse en el uso de drones por parte de Irán para mantener inestable el estrecho de Ormuz; en las acciones de los hutíes en el estrecho de Bab el-Mandeb; en la lucha de Ucrania contra Rusia; e incluso en las operaciones de organizaciones criminales en México y Colombia.

Las posibilidades ampliadas por la tecnología para que los Estados pequeños y los actores no estatales ejerzan control van mucho más allá de los drones. Los grupos criminales y otros actores pueden ahora amenazar a empresas y Estados mediante la guerra cibernética. Así ocurrió, por ejemplo, con el ataque de ransomware del grupo Conti en Costa Rica. Más recientemente, en julio de 2026, piratas informáticos vulneraron el sistema de la petrolera estatal colombiana Ecopetrol y robaron datos vinculados a más de 3.300 cuentas.

La proliferación de modelos chinos de inteligencia artificial de código abierto, como Kimi y DeepSeek, capaces de explotar rápidamente vulnerabilidades en sistemas comerciales y gubernamentales e incluso inhabilitar sistemas físicos, ofrecerá aún más alternativas a pequeños Estados y organizaciones criminales dedicadas a la extorsión.

En tercer lugar, las revoluciones que se refuerzan mutuamente en el ámbito de los macrodatos conectados, la inteligencia artificial y la robótica están transformando la economía mundial, con enormes consecuencias políticas y sociales. La creciente capacidad de los robots potenciados por IA de empresas como Tesla, Unitree y UBTech resulta asombrosa: ya trabajan en fábricas y hogares, e incluso realizan patrullajes policiales en la RPC. El costo por hora de un robot industrial, financiado a lo largo de sus cinco años de vida útil, ya es inferior al salario de un trabajador fabril en la mayoría de los países desarrollados.

El director ejecutivo de Microsoft, Satya Nadella, ha señalado que se crearán nuevos empleos para adaptarse a estas transformaciones, probablemente relacionados con la delegación de tareas a robots y sistemas de IA no físicos y con su supervisión por parte de seres humanos. Sin embargo, es probable que esos avances no compensen por completo la magnitud y la rapidez con que otros empleos quedarán obsoletos. A medida que la IA y la robótica resulten más baratas que el trabajo humano en ámbitos como la programación, las tareas técnicas jurídicas, las líneas de montaje y las labores domésticas, probablemente eliminarán puestos de trabajo a una velocidad muy superior a aquella con que los mercados y los gobiernos puedan crear nuevas ocupaciones y capacitar a las personas para desempeñarlas. Este desplazamiento masivo provocará conmociones políticas y abrirá interrogantes fundamentales sobre la capacidad de los sistemas económicos de mercado para afrontar el sufrimiento humano resultante. En ese proceso, las tensiones alimentarán todavía más las alternativas populistas y autoritarias frente a unas democracias ya sometidas a presión.

En cuarto lugar, como complemento del desplazamiento económico, las sinergias entre los macrodatos, la inteligencia artificial y la robótica harán posible una nueva revolución en los asuntos militares. Las guerras desencadenadas por las alteraciones económicas y sociales antes descritas bien podrían convertirse en el campo de pruebas de estas nuevas capacidades.

A los enjambres de sistemas autónomos que ya operan en el aire, en tierra, en la superficie y bajo el mar, e incluso bajo tierra, se suman dos niveles emergentes de autonomía impulsada por IA que aumentarán el caos y la imprevisibilidad. En primer término, los sistemas autónomos de gestión de combate analizarán los acontecimientos y ejecutarán acciones letales con mayor rapidez de la que los seres humanos pueden supervisar. En segundo lugar, la guerra de información de todas las partes intentará corromper o engañar a esas plataformas y sistemas de gestión. Se producirán resultados inesperados y extremadamente adversos antes de que los seres humanos puedan reconocerlos y reaccionar. Sin duda, muchas personas altamente capacitadas, tanto dentro como fuera de los gobiernos, están analizando estas posibilidades y riesgos. Sin embargo, como sucede en las guerras de Ucrania y del golfo Pérsico, buena parte de la realidad se revelará en conflictos concretos que expondrán interacciones imprevistas, con un enorme costo en vidas humanas, recursos y estabilidad gubernamental.

En quinto lugar, durante las próximas décadas, la RPC probablemente superará a Estados Unidos mediante alguna combinación de sus avances económicos, tecnológicos y militares y de su creciente influencia estratégica. Las empresas radicadas en China podrían llegar a dominar la inteligencia artificial gracias a la adopción generalizada de sus modelos de código abierto y a su despliegue comercial a gran escala en mercados como América Latina, África y los países asiáticos en desarrollo. Algo semejante ya ocurre con empresas chinas de los sectores de las energías renovables, las telecomunicaciones y los vehículos eléctricos, entre otros. Los avances de la RPC en computación cuántica también podrían resultar revolucionarios.

Más allá de la inteligencia artificial y la computación cuántica, compañías radicadas en la RPC, como Unitree y UBTech, podrían llegar a dominar la industria robótica mundial. Al igual que en el ámbito de la IA, esto probablemente implicaría desplegar masivamente productos subsidiados por el Estado, mediocres en sus primeras etapas, para reducir costos y elevar su calidad hasta marginar del mercado a sus competidores occidentales. Podría sostenerse que esto ya ocurre en la competencia de Tesla frente a BYD en el sector de los vehículos eléctricos, incluso en América Latina, donde los automóviles eléctricos chinos han captado el 85 % del mercado en algunos países. La reciente prohibición de comercializar robots fabricados en la RPC en el mercado estadounidense demuestra que el gobierno de Estados Unidos ya está preocupado. En esta nueva pugna por la inteligencia artificial y la robótica, el mundo en desarrollo probablemente se convertirá en escenario de competencia estratégica. Excluidas de los mercados estadounidense y europeo, las empresas chinas seguramente se concentrarán en las economías en desarrollo para alcanzar escala y dominar los mercados, como ya hicieron con bienes manufacturados tales como vehículos eléctricos, paneles solares y otras tecnologías.

La RPC es muy consciente de las oportunidades y los riesgos que implica gestionar la transición del poder mundial que considera estar protagonizando frente a Estados Unidos. Por ello procede con cautela, aunque también con confianza. Esa actitud ya impulsa una mayor asertividad china en todo el mundo, como ocurre en el Pacífico, donde la RPC formula reivindicaciones marítimas y transforma arrecifes y bancos de arena en islas militarizadas. En el hemisferio occidental, las presiones de la RPC contra Panamá por su decisión de excluir a la empresa hongkonesa Hutchison de dos puertos ilustran la creciente audacia de China. No resulta difícil imaginar que, dentro de pocos años, una RPC fortalecida busque bases militares y acuerdos formales de cooperación en defensa con la próxima generación de regímenes populistas antiestadounidenses de América Latina.

Fuera de América Latina, esa misma confianza creciente probablemente llevará al Partido Comunista Chino a actuar con decisión para poner fin a la autonomía de Taiwán. Con ello, los dirigentes de la RPC podrían proclamar el “rejuvenecimiento nacional” de China de cara a la conmemoración de 2049, cuando se cumplan cien años de la toma del territorio continental. El fin de la autonomía taiwanesa marcaría un antes y un después en la transición de la RPC hacia el predominio mundial.

En sexto lugar, durante la próxima década aproximadamente, la dinámica mundial será transformada por una o más conmociones. Estas podrían incluir una gran guerra provocada por una acción de la RPC contra Taiwán, una escalada del conflicto de Rusia con Ucrania y Europa, o acontecimientos en Oriente Medio. La disuasión nuclear se ha debilitado debido a la complacencia, al aumento del arsenal nuclear chino, al abandono por parte de Rusia y Estados Unidos de antiguos tratados nucleares como el START, y al incremento del número de actores con armas nucleares en el mundo, lo que eleva la probabilidad de un intercambio atómico.

Asimismo, las instituciones y los canales de colaboración médica del sistema internacional se han debilitado a causa de la desconfianza y de los recortes de financiamiento. Una nueva pandemia podría resultar especialmente devastadora para América Latina y el Caribe, la región que registró la mayor tasa de mortalidad per cápita por COVID-19. El mundo también podría afrontar una escalada significativa de ciberataques potenciados por inteligencia artificial, capaces de afectar no solo al sistema financiero mundial y a otras infraestructuras críticas, sino también a los nuevos sistemas automatizados que serán cada vez más esenciales para la vida cotidiana.

Conclusión

No existen soluciones sencillas para los desafíos que enfrentan Estados Unidos, América Latina y el resto del mundo democrático. Es fundamental que Estados Unidos y los gobiernos aliados fortalezcan la resiliencia de sus infraestructuras políticas y económicas. Aunque el mundo puede aspirar a evitar las conmociones venideras, debe prepararse para soportar una transformación profunda del entorno mundial sin que se produzca un colapso económico ni una ruptura de la gobernabilidad democrática.

Para resistir esos cambios serán indispensables una mayor transparencia y capacidad técnica, además de la educación, piedra angular tanto de la adaptación económica como de la defensa frente al populismo. También será necesaria una nueva generación de instituciones multilaterales y alianzas orientadas a fortalecer la capacidad de coordinación ante amenazas y desafíos compartidos. Tanto en el ámbito bilateral como en el multilateral, Estados Unidos debe reconstruir sus alianzas, esenciales para enfrentar la agresión y el autoritarismo. Esto debería incluir una colaboración respetuosa con Europa, particularmente con la OTAN, así como un trabajo constructivo con los socios democráticos de Asia, América Latina y otras regiones, evitando amenazas innecesarias contra ellos. Esa cooperación también exige defender a Taiwán como última línea de contención frente a la RPC.

Más allá de las medidas técnicas e institucionales, será importante demostrar y expresar con claridad el valor de ideales como la democracia, la libertad individual y el Estado de derecho. Los gobiernos en crisis podrían verse tentados a recurrir a soluciones autoritarias para responder al desplazamiento económico, la agitación social y otras amenazas. Ante esa posibilidad, resulta imperativo recordarles una lección constante de la historia: otorgar poder al Estado en detrimento del individuo conduce, de manera previsible, a la opresión y la miseria. La libertad solo se recupera, finalmente, a un costo enorme.

Evan Ellis es investigador sénior no residente del Programa de las Américas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).


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