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El nuevo gobierno de Chile camina por la cuerda floja entre Washington y Beijing

Por R. Evan Ellis

1 de abril (UPI) — Cuando el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Francisco Pérez Mackenna, publicó el mes pasado una fotografía en redes sociales, el mensaje fue difícil de pasar por alto.

La imagen lo mostraba estrechando la mano del embajador de Estados Unidos, Brandon Judd, y, en una segunda toma casi idéntica, con el embajador de China, Niu Qingbao. Su postura y vestimenta eran las mismas en ambas.

La simetría parecía deliberada. También capturaba el desafío central que enfrenta el presidente José Antonio Kast, quien asumió el cargo el 11 de marzo.

Kast es uno de los líderes latinoamericanos más abiertamente alineados con Washington, y su gobierno se ha movido con rapidez para posicionar a Chile junto a Estados Unidos en temas como Venezuela, Taiwán y ciertas cuestiones de seguridad regional.

Sin embargo, el peso de China en la economía chilena es tal que cualquier ruptura brusca con Beijing implicaría costos significativos. Autoridades, empresarios e inversionistas en Santiago lo entienden bien.

Durante la semana del 22 de marzo visité Chile, donde ofrecí presentaciones y conversé con líderes empresariales, funcionarios de seguridad y académicos sobre el papel de China en el país. Lo que encontré fue un gobierno que intenta gestionar una tensión estratégica sin una solución simple.

Fricción en seguridad

Aun así, es poco probable que la competencia de largo plazo se defina principalmente en el ámbito de la seguridad. Es más probable que se dirima en la economía, donde la posición de China es considerablemente más fuerte.

Dependencia económica

China recibe aproximadamente la mitad de las exportaciones de cobre de Chile y el 71% de su litio, dos minerales clave tanto para la economía chilena como para la transición energética global. Empresas chinas controlarían cerca de dos tercios de la red de distribución eléctrica del país. China también compra cerca del 90% de las exportaciones de cerezas chilenas y es un mercado relevante para uvas, vino y otros productos agrícolas.

Los fabricantes chinos de automóviles representan hoy alrededor del 40% del mercado automotriz en Chile, mientras buses eléctricos de origen chino operan en Santiago y otras ciudades. Huawei administra al menos tres centros de datos en el país. Además, dos empresas vinculadas al Estado chino figuran entre las finalistas para ampliar el Puerto de San Antonio, la principal instalación de aguas profundas de Chile.

Durante mi visita, contactos chilenos también mencionaron compromisos iniciales relacionados con un posible proyecto portuario chino en Tierra del Fuego. De concretarse, su importancia iría mucho más allá del extremo sur de Chile, profundizando la presencia de China en rutas marítimas de creciente valor estratégico.

Este es el dilema que enfrenta Kast. Chile no solo debe optar diplomáticamente entre Washington y Beijing; también debe resolver hasta qué punto puede distanciarse de China sin dañar sectores clave para el crecimiento, las exportaciones y la inversión.

El desafío para Washington

Un alto empresario chileno lo expresó con crudeza: con un 38% de las exportaciones totales dirigidas a China, más del doble que hacia Estados Unidos, Chile sería imprudente si provocara a Beijing sin una razón de peso.

Recordó, además, las represalias económicas de China contra Australia tras el llamado de Canberra a una investigación independiente sobre el COVID-19, un episodio aún presente en círculos empresariales latinoamericanos.

Existe también una ironía adicional que Kast probablemente no recibe con agrado. Su agenda económica central busca reducir las barreras regulatorias que frenaron la inversión durante el gobierno anterior de Gabriel Boric. Esto podría impulsar el crecimiento y mejorar el clima de negocios, pero también abrir nuevas oportunidades para empresas chinas ya bien posicionadas en sectores clave.

Washington ha respondido dentro de sus posibilidades. El embajador Judd ha advertido públicamente sobre compromisos que considera riesgosos, y las sanciones vinculadas al cable de fibra óptica enviaron una señal política clara.

Sin embargo, la presión sin alternativas creíbles tiene un alcance limitado. Estados Unidos ha avanzado más lentamente de lo que muchos en Chile quisieran en ofrecer financiamiento, alianzas tecnológicas y acceso a mercados en una escala que permita a autoridades y empresas chilenas reducir su exposición a China.

Kast probablemente seguirá alineándose con Washington en los temas prioritarios para la administración Trump. Mantendrá cierta distancia de Beijing en materia de seguridad y evitará las formas de cooperación más sensibles políticamente. Lo que resulta mucho menos probable —porque ningún gobierno chileno podría hacerlo con facilidad— es desmantelar la relación económica que vincula a Chile con China.

Que Washington reconozca esa limitación y ajuste sus expectativas podría ser determinante para la calidad de su relación con el nuevo gobierno chileno. La cuidadosamente equilibrada fotografía de Pérez Mackenna no fue solo un gesto: fue una síntesis precisa de la cuerda floja que Chile intenta recorrer.

R. Evan Ellis es investigador senior no residente del Center for Strategic and International Studies. Su libro más reciente, China Engages Latin America: Distorting Development and Democracy, fue publicado por Palgrave Macmillan. Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.


Esa tensión se hizo visible casi de inmediato tras la asunción de Kast. En febrero, el gobierno saliente de Boric se vio envuelto en una controversia por sanciones de Estados Unidos contra tres funcionarios vinculados a la aprobación del proyecto “Chile-China Express”, un cable de fibra óptica entre Valparaíso y Hong Kong que Washington consideraba un posible riesgo de seguridad.

El embajador Niu respondió públicamente, acusando a Estados Unidos de intentar socavar la soberanía de otros países.

Por la misma época, un buque oceanográfico chino, considerado por algunos analistas externos como potencialmente relevante en términos de inteligencia, realizó actividades en aguas chilenas que Beijing describió como investigación científica.

Asimismo, un buque hospital del Ejército Popular de Liberación recaló en Antofagasta y Valparaíso, generando interrogantes en algunos sectores chilenos sobre el verdadero propósito de la visita. El gobierno de Kast ya había detenido la construcción de una instalación espacial china en el desierto de Atacama ante preocupaciones por su posible uso dual.

La presencia militar china también se extendió más allá del ámbito marítimo. Cuando intervine en la apertura del año académico en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos, una delegación de tres miembros del Ejército Popular de Liberación —incluido el agregado militar y su adjunto— asistió al evento. Colegas chilenos me señalaron que una presencia tan visible en ese contexto no era habitual.

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