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El último depredador

Por: Ricardo Vanella
Strategic Positioning | I work on how systems perceive value

Son las 7:42 de la mañana.

Juan está sentado en su cocina, frente a una taza de café, una tostada con mantequilla y el teléfono apoyado sobre la mesa, en posición de altar menor.

Cree —con la convicción silenciosa de quien jamás cuestionó el dato— que el ser humano ocupa la cima de la cadena alimentaria; y no le faltan razones: ningún animal lo caza, ninguna garra lo acecha, ningún rugido anuncia su final.

Lo que Juan ignora es que ya lleva cuarenta minutos siendo consumido. La jornada apenas comienza.

El cuerpo

Antes de que Juan tomara la primera decisión consciente del día, una muchedumbre de microorganismos alojados en su intestino ya había participado de la escena. El café que cree haber elegido acaso no fue tan elegido como supone.

Su microbiota —ese concierto de bacterias, hongos y virus que habita su ecosistema interno— interviene, de manera sutil y compleja, en señales ligadas al metabolismo, el apetito, la inflamación, el humor y la conducta. Juan no lo percibe, pero su cuerpo no es una unidad soberana: es una coalición. Tanto, que la biología contemporánea debió acuñar un nombre para esa alianza —holobionte—, el organismo que ya no es uno, sino una comunidad.

El eje intestino-cerebro funciona como una red de comunicación bioquímica: una conversación incesante entre la digestión, el sistema inmune, el sistema nervioso y el estado de ánimo. Juan cree que desayuna solo, pero nadie lo hace.

Hay una ironía final agazapada en todo esto: el día en que el sistema operativo biológico falle, ese mismo ecosistema que hoy lo acompaña —modulando y administrando porciones enteras de su vida— presidirá también su descomposición. Juan estuvo siempre integrado a otra cadena de suministro. Solo que nadie se lo explicó así.

La atención

Juan desbloquea el teléfono. Cree que va a ver qué pasó; pero lo que ocurre es bastante más interesante: un sistema de recomendación, entrenado con paciencia sobre sus rastros, comienza a servirle estímulos.

No cualquier estímulo. Un contenido medido, escogido para rozar con precisión de cirujano el borde de su curiosidad, su ansiedad, su aburrimiento o su indignación —o todo ello a la vez—. El sistema no necesita conocer el alma de Juan; le basta con observar sus huellas: cuánto demora, dónde se detiene, qué ignora, qué repite, qué abre, qué abandona y qué contempla apenas un segundo más de lo necesario.

Juan no navega. Juan es navegado.

Su atención disponible —ese recurso finito y no renovable que define buena parte de lo que un ser humano llega a ser en una vida— está siendo capturada, ordenada y transformada en materia prima para otros. Ya lo había advertido Herbert Simon hace medio siglo: toda riqueza de información engendra una pobreza de atención. Es uno de los alimentos predilectos del siglo XXI, y se lo extrae casi sin ruido.

Las ideas

Entre el café y la segunda tostada, Juan lee una noticia y se indigna. Siente ese calor familiar detrás del esternón, y su cuerpo deja de ser, en un instante, el que era diez minutos atrás: cambia su respiración, cambia su tensión, cambia el color emocional desde el cual interpretará cuanto siga.

Una idea —sin cuerpo, sin peso, sin metabolismo propio— acaba de emplear su sistema nervioso como superficie de inscripción. Algunos la llamarían ideología; otros, relato; otros, tribu; otros, sencillamente, opinión. El nombre importa menos que el mecanismo. Viejas tradiciones bautizaron a estas entidades egrégores —de los egrégoroi griegos, los vigilantes—: construcciones colectivas que, al no poseer neuronas propias, las alquilan. Habitan en los seres humanos, se reproducen a través de ellos, ordenan su percepción, les reparten enemigos, les confieren pertenencia y les dispensan sentido. A cambio, reclaman energía emocional. No distinguen banderas: obran con idéntica eficacia en todos los signos y en todas las orillas.

Juan cree que está opinando. A veces es cierto; y a veces no hace más que oficiar de vector, propagando algo que lo precede, lo excede y probablemente lo sobreviva. En la cadena alimentaria de la información, también hay ideas que devoran hombres. Lo que se vive como convicción suele ser apenas una idea que aprendió a alimentarse de quien la defiende.

El titán abstracto

Son las 8:15. Juan se levanta, se viste y sale. Va a entregar las próximas nueve horas —su energía biológica, su atención disponible, su capacidad de resolver problemas, el tiempo irreversible de su vida adulta— a una estructura que no duerme, no envejece y no muere al modo en que él lo hará.

Una empresa, un Estado, un mercado, una burocracia, un sistema financiero, una plataforma, una institución. Juan las nombra como trabajo, agenda, carrera, trámite, sistema, realidad. Pero, observadas desde la distancia justa, son también organismos de metabolismo ampliado: toman energía humana y la convierten en producción, datos, coordinación, capital, reputación, orden o poder. La filosofía política, hace casi cuatro siglos, dio a esa criatura artificial un nombre memorable: Leviatán, el dios mortal amasado con la sustancia de los hombres.

No son malignas por definición —conviene decirlo—: algunas crean valor, otras protegen, otras organizan, otras permiten que millones de desconocidos cooperen sin destruirse. Pero todas, sin excepción, necesitan alimentarse; y casi siempre se alimentan de tiempo humano. Juan nutrirá al titán con lo único que de veras posee: tiempo hecho trabajo, atención hecha dato, esfuerzo hecho valor, vida hecha sistema. La estructura lo metabolizará sin estridencia; y el día en que Juan ya no esté, seguirá funcionando como si nada esencial hubiese ocurrido.

La escala invisible

En la calle, Juan no se siente atravesado por ningún orden superior. Se siente apurado.

El semáforo lo retiene unos segundos; la aplicación recompone su camino; una cámara conserva su paso; un precio cambió durante la noche; una noticia le dejó una perturbación mínima en el cuerpo antes de llegar a la oficina. Nada de eso se presenta como una voluntad. Nada reclama autor. Cada cosa conserva la forma discreta de lo normal.

Allí reside lo que une todo lo anterior. El microbioma no se anunció; el algoritmo no pidió permiso; la idea no se presentó como idea; la estructura jamás dijo te estoy metabolizando. Cada uno de esos sistemas operó sobre Juan sin comparecer nunca como algo situado frente a él: llegaron como apetito, como curiosidad, como convicción, como agenda. Llegaron, en suma, como circunstancias.

Hay escalas que no entran en la escena porque contienen la escena.

Esto vale para el intestino y vale para el mercado; valdría, exactamente igual, para cualquier escala lo bastante por encima de la humana: no se mostraría como un adversario ni como un autor, sino como una leve inclinación de cuanto rodea a Juan. Un trámite que se abre o se cierra. Una oportunidad que llega por un canal imprevisto. Una dificultad que no parece venir de nadie. Una palabra que de pronto se vuelve necesaria. Una posibilidad que deja de estar disponible antes de que alguien alcance a formularla. No haría falta que se ocultara: le bastaría con no comparecer.

Juan no pensaría en una voluntad; pensaría en circunstancias. Llamaría tránsito a una parte del sistema, precio a otra, actualidad a otra, costumbre a otra; y reservaría la palabra decisión para la única zona donde todavía se siente dueño de algo. A todo lo demás le daría el nombre más antiguo y más tranquilizador de cuantos existen: “realidad”.

La distancia suficiente

Visto desde la distancia de un documentalista de la naturaleza frente a un ecosistema, el ser humano no pierde su dignidad singular; pero aparece, a la vez, bajo una forma menos halagüeña: la de un nodo, un recurso, un procesador biológico de energía, de significado, de deseo y de decisión, integrado a sistemas de un orden que lo desborda. Semejante doble condición —la del ser que es, simultáneamente, fin en sí mismo e insumo de estructuras mayores— importa mucho más de lo que parece; porque el hombre puede poseer conciencia, dignidad y hasta vocación trascendente y, al mismo tiempo, ser capturado por dispositivos que lo metabolizan como simple materia prima.

Su diferencia, sin embargo, no reside en quedar fuera de esos sistemas —nunca lo estuvo, ni podría estarlo—, sino en algo más modesto y, a la vez, más decisivo: en la capacidad de advertirlos. Comprender, o al menos imaginar, la arquitectura que lo envuelve es precisamente lo que impide que su dignidad se reduzca a mera función. El problema, en efecto, jamás fue formar parte de órdenes que lo superan; así ha sido desde el origen de los tiempos y así seguirá siendo. El problema, mucho más sutil, es habitarlos sin saberlo: creer que se elige cuando apenas se reacciona, suponer que se piensa cuando tan solo se repite, imaginarse dueño de una decisión sin advertir la arquitectura silenciosa que la moduló de antemano.

Porque el depredador más sofisticado de la Historia no ruge ni exhibe sus colmillos: diseña el ecosistema. Acaso por ello la libertad no comience, como suele creerse, en el instante de la elección, sino un momento antes —el más imperceptible de todos—, cuando una decisión deja de parecer espontánea y revela, por fin, la arquitectura que la volvió posible.

© Ricardo Vanella, 2026. Todos los derechos reservados.

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