Europa se les aviso, pero estaban demasiado ocupados culpando a israel
Por Daniel Grinspon
Agradecimiento Especial a ~Natalio Steiner
Comunidades Plus
Durante años se les dijo que el odio a los judíos no terminaba en los judíos. Pero no hubo caso. Nos explicaban que exagerábamos, que confundíamos antisemitismo con antisionismo, que el problema era Netanyahu, Israel y, por supuesto, el sionismo.
Israel tenía la culpa de todo. Una explicación cómoda, casi perfecta. No hacía falta revisar nada, discutir nada ni hacerse preguntas incómodas. Bastaba con señalar a los judíos y seguir adelante.
Ahora miremos lo que ocurre en Francia y en Italia. Hay calles convulsionadas, comercios saqueados, enfrentamientos y gobiernos obligados a responder a problemas que durante demasiado tiempo fueron tratados como si no existieran.
¿Todo tiene la misma causa? Por supuesto que no. Pero tampoco alcanza con fingir que no hay dificultades de integración, tensiones culturales y conflictos sobre las reglas básicas de convivencia.
Durante años, advertir sobre estos temas podía convertirte automáticamente en racista o xenófobo. Era una forma bastante eficaz de cerrar una discusión: en lugar de responder al argumento, se descalificaba a quien lo planteaba.
El problema, naturalmente, no desaparecía. Simplemente quedaba sin discutir.
En cambio, para condenar a Israel nunca faltaron voces. Greta Thunberg, las flotillas, Pedro Sánchez, Javier Bardem, el movimiento BDS y tantos otros encontraron en la causa palestina una tribuna desde la cual repartir lecciones de moral al resto del mundo.
Defender los derechos de los palestinos es legítimo. Lo que resulta difícil de entender es por qué algunos parecen perder toda capacidad crítica cuando la discusión involucra a Israel. ¿Dónde queda la preocupación por los derechos humanos cuando aparece el antisemitismo? ¿Por qué ciertas condenas son inmediatas y otras necesitan tantas explicaciones?
La indignación selectiva también es una forma de hipocresía.
Y hay contradicciones que merecen una pregunta. ¿Cómo se puede defender la libertad de las mujeres y, al mismo tiempo, justificar o minimizar prácticas que restringen sus derechos? ¿La igualdad es un principio universal o depende de quién sea el adversario político del momento?
Parece que algunos derechos humanos vienen con condiciones de uso.
Mientras tanto, la izquierda más radical y la ultraderecha, que supuestamente representan mundos opuestos, pueden terminar beneficiándose de la misma situación. Una necesita mantener vivo el relato de un enemigo permanente; la otra encuentra en el desorden una oportunidad para presentarse como la única alternativa capaz de recuperar la autoridad.
Los extremos se alimentan mutuamente. Cuanto más enfrentada está una sociedad, más fácil resulta convencerla de que la solución consiste en elegir un bando y odiar al otro.
¿Y quién paga el precio? El ciudadano que quiere trabajar, educar a sus hijos, abrir un negocio y vivir tranquilo. El que no necesita una revolución ni una batalla ideológica, sino instituciones que funcionen y leyes que se cumplan.
También hay que poder hablar de la inmigración, de la integración y de la creciente influencia del islamismo político, así como de la gran injerencia de corrientes musulmanas organizadas en el debate público y en determinadas instituciones, sin convertir a todos los musulmanes en sospechosos. Millones de personas viven pacíficamente, trabajan y forman parte de las sociedades europeas. Precisamente por eso es importante distinguir entre ellas y quienes pretenden imponer ideas incompatibles con las libertades y las leyes del país en el que viven.
¿Occidente se encamina hacia una islamización? No es un desenlace inevitable. Pero negar los cambios demográficos, la gran injerencia musulmana en ámbitos políticos y sociales, los problemas de integración o los conflictos culturales no es una política pública. Es una manera de postergar decisiones difíciles.
Europa tendrá que resolver estas cuestiones con firmeza, sin discriminación y sin renunciar a sus propios principios. Porque la tolerancia no significa aceptar cualquier conducta, del mismo modo que defender la convivencia no obliga a callarse frente a los abusos.
Y ahora volvamos a los judíos.
Cuando advertían sobre el crecimiento del antisemitismo, demasiados preferían explicarles que el problema no era el odio, sino Israel. Cuando denunciaban la normalización de determinadas consignas, se les respondía que exageraban. Cuando pedían que se distinguiera entre criticar a un gobierno y responsabilizar colectivamente a los judíos, aparecía otra explicación sobre el sionismo.
Siempre había una justificación. Siempre había una excepción.
Hasta que los problemas dejaron de ser una discusión lejana y empezaron a afectar la vida cotidiana de las sociedades europeas.
No todo lo que ocurre en Francia o Italia es consecuencia del antisemitismo, ni toda protesta propalestina es una expresión de odio. Pero sería absurdo ignorar que el antisemitismo forma parte de un problema más amplio cuando se convierte en una excusa aceptable para señalar, hostigar o excluir a los judíos.
La advertencia nunca fue que todos los problemas de Europa fueran culpa de los mismos grupos. Fue exactamente la contraria: que una sociedad que se acostumbra a buscar chivos expiatorios termina perdiendo la capacidad de reconocer sus propios problemas.
Y eso es lo que resulta tan preocupante.
Durante años, algunos creyeron que el asunto podía resolverse aislando a Israel, condenando al sionismo y explicando que los judíos exageraban.
Ahora Europa tiene que hacerse preguntas mucho más difíciles sobre su convivencia, sus instituciones, su integración y su futuro.
No alcanza con buscar culpables. Tampoco con denunciar a quienes advierten sobre los problemas. Hace falta discutirlos y resolverlos.
A los judíos se les dijo que el problema era suyo.
Tal vez haya llegado el momento de entender que el odio nunca se queda necesariamente donde empezó.
Y que, cuando una sociedad descubre demasiado tarde que tenía un problema, no puede culpar a quienes se lo advirtieron por no haber querido escucharlos. Se les avisó. Prefirieron discutir quién tenía derecho a advertirlo. Ahora tendrán que discutir cómo resolverlo.
