Tecnonacionalismo, dólar y oro: los nuevos campos de batalla entre Estados Unidos y China
La competencia entre las dos superpotencias ya no se libra en el terreno militar tradicional, sino en los semiconductores, las infraestructuras de pago y las bóvedas de los bancos centrales. América Latina no es espectadora: es escenario.
Por Ricardo José Ferrer
La competencia estratégica entre Estados Unidos y China ya no se mide únicamente en portaaviones ni en cabezas nucleares. Los campos de batalla decisivos de esta década son los semiconductores, los modelos de inteligencia artificial, las infraestructuras de pago internacionales y la composición de las reservas de los bancos centrales. Quien controle esos terrenos moldeará buena parte del orden internacional que viene. El fenómeno tiene nombre: tecnonacionalismo, la convicción de que la tecnología es poder nacional y de que ninguna potencia puede permitirse depender de un rival para acceder a ella.
Beijing lo comprendió con claridad. Ante los bloqueos y controles de exportación impuestos por Washington, China aceleró una estrategia de autosuficiencia integral: formación de talento propio, software nacional, centros de datos y, sobre todo, hardware. Empresas como DeepSeek —la misma que sacudió a los mercados con modelos de bajo costo— avanzan hoy en el desarrollo de chips propios orientados a la inferencia, con el objetivo declarado de reducir la dependencia de Nvidia. No es una reacción defensiva improvisada: es la construcción metódica de un ecosistema tecnológico paralelo.
Pero la autosuficiencia no lo es todo. Mientras edifica su propio ecosistema, China también evade. Sus grandes tecnológicas acceden a servicios avanzados de inteligencia artificial estadounidense mediante filiales en terceros países, servidores en el exterior y empresas intermediarias. Y hay un dato aún más incómodo para Occidente: todo modelo de IA accesible en internet termina, tarde o temprano, sirviendo para entrenar a la competencia a través de técnicas de destilación. La frontera tecnológica es porosa por diseño, y los controles de exportación llegan casi siempre un paso tarde. La lección para los planificadores estratégicos es dura: en la era digital, contener la difusión del conocimiento es tan difícil como contener el agua con las manos.
El segundo campo de batalla es monetario. ¿Puede el yuan destronar al dólar? Jim O’Neill, el economista que acuñó el acrónimo BRICS, sostiene que no, al menos por ahora. Ninguna de las monedas del bloque —incluido el yuan— cumple los tres requisitos de una divisa de reserva global: mercados financieros profundos y líquidos, libre movimiento de capitales y, sobre todo, confianza jurídica plena. El dólar sigue representando en torno al 57 por ciento de las reservas mundiales de divisas, según los datos del Fondo Monetario Internacional. La hegemonía monetaria estadounidense goza, todavía, de buena salud.
Pero la erosión es real y avanza por los bordes. Plataformas como mBridge —el sistema de pagos transfronterizos con monedas digitales de bancos centrales impulsado desde Asia— permiten liquidar comercio internacional en yuanes sin tocar la infraestructura financiera occidental. Buena parte del intercambio bilateral de China con sus socios ya se realiza sin dólares, en una proporción cercana al cincuenta por ciento. El objetivo de Beijing no es reemplazar al dólar mañana: es construir, pieza por pieza, un sistema paralelo inmune a las sanciones. La desdolarización no será un evento; será un proceso silencioso que un día descubriremos consumado.
Y aquí aparece el tercer actor de este drama: el oro. Los bancos centrales del mundo están comprando el metal a un ritmo histórico —más de 860 toneladas en 2025 según el World Gold Council, y otras 244 toneladas netas solo en el primer trimestre de 2026—, con un precio que ha superado máximos históricos por encima de los 5.500 dólares la onza. La razón de fondo no es financiera sino geopolítica: el oro no es el pasivo ni la deuda de ningún país. A diferencia de las reservas en dólares o en bonos del Tesoro estadounidense, nadie puede congelar el oro físico guardado en bóveda propia. La congelación de los activos rusos tras la invasión de Ucrania fue una demostración de fuerza de Occidente, pero también encendió una alarma en cada banco central del planeta: lo que le ocurrió a Moscú puede ocurrirle a cualquiera. No es casual que varios países estén, además, repatriando su oro desde Nueva York y Londres hacia bóvedas nacionales. El metal más antiguo del mundo se ha convertido en la póliza de seguro contra el arma financiera más moderna.
El cuarto episodio llega desde los mercados y funciona como advertencia. Las coreanas Samsung y SK Hynix —pilares de la cadena global de semiconductores— sufrieron caídas bursátiles cercanas al 7 y al 5 por ciento pese a presentar resultados excelentes y un crecimiento extraordinario de sus ganancias. No fueron castigadas por malos números, sino por no satisfacer expectativas desmedidas y por el temor a que el crecimiento exponencial de la inteligencia artificial comience a moderarse. Influye, además, el llamado «descuento coreano»: el riesgo geopolítico de la península —la vecindad con Corea del Norte— hace que estas compañías coticen con múltiplos inferiores a sus pares estadounidenses. La lección es transparente: la geopolítica ya cotiza en bolsa. El riesgo estratégico se descuenta, todos los días, del valor de las empresas y de los países.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la Argentina y con América Latina? Todo. Primero, porque las decisiones sobre infraestructura digital —quién construye nuestros centros de datos, quién provee nuestras redes, en qué plataformas liquidamos nuestro comercio exterior— son hoy decisiones de seguridad nacional, no meras licitaciones técnicas. Segundo, porque la región es escenario directo de esta competencia: la disputa por los minerales críticos, las hidrovías, las estaciones de espacio profundo y los cables submarinos es la versión hemisférica del tecnonacionalismo. Y tercero, porque la lección de O’Neill vale también para nosotros: el activo más escaso y más valioso del sistema internacional es la confianza jurídica. El dólar no domina por la fuerza militar de Estados Unidos, sino porque el mundo confía en sus tribunales, sus contratos y sus instituciones. Los países que construyen instituciones confiables atraen capital y tecnología; los que las degradan, los expulsan.
La guerra fría tecnológica no es un espectáculo ajeno que observamos desde la platea. Sus líneas de frente atraviesan nuestros puertos, nuestras redes, nuestros minerales y nuestras reservas. La pregunta no es si América Latina participará de esta competencia, porque ya participa; la pregunta es si lo hará con estrategia o por inercia. Y la historia enseña que, en geopolítica, la inercia siempre tiene dueño. Y nunca es uno mismo.
* Ricardo José Ferrer es Director y Fundador del Foro para el Hemisferio Occidental (FHOx) y ex Director Nacional de Inteligencia Criminal de la República Argentina.
