Cuando la fortaleza se convierte en una trampa: una mirada estructural sobre la trayectoria estratégica de Israel
Mick Davis | 16 de agosto de 2026
Este artículo aplica la tesis de Paul Kennedy sobre la sobreextensión imperial como un marco estructural para examinar la trayectoria estratégica de Israel en 2026. No sostiene que Israel sea un imperio ni que su declive sea inevitable. Más bien, plantea que el mecanismo identificado por Kennedy —la tendencia de los compromisos estratégicos a superar la base productiva que debe financiarlos, combinada con la incapacidad política de las coaliciones gobernantes para redistribuir las cargas antes de que se cierre la ventana de corrección— opera a cualquier escala, y que sus primeras señales estructurales ya pueden observarse en los datos israelíes.
El análisis examina tres casos históricos: la España de los Habsburgo, la Sudáfrica del apartheid y la Unión Soviética tardía. Los compara a partir de siete dimensiones estructurales, cada una de las cuales ofrece una implicación diferente para Israel.
Posteriormente, revisa detalladamente los indicadores israelíes, prestando especial atención al estrechamiento simultáneo de la base productiva, la erosión del capital político entre sus aliados —documentada mediante encuestas contemporáneas— y el traslado de la carga estratégica desde el balance exterior hacia el ámbito interno.
El argumento central es que la variable decisiva, tanto en términos analíticos como morales, no es la fortaleza en sí misma, sino su sostenibilidad. La pregunta fundamental para la estrategia israelí es si la recalibración se realizará voluntariamente, desde una posición de fortaleza, o si será impuesta por una crisis, en condiciones que Israel ya no podrá controlar.
1. La pregunta
El momento más peligroso para cualquier proyecto estratégico no ocurre cuando es débil, sino cuando es fuerte y confunde su fortaleza con seguridad.
Esta proposición constituye la premisa analítica del presente artículo. El texto adopta un marco único y ampliamente reconocido dentro de la historiografía sobre el declive de las grandes potencias: la tesis de Paul Kennedy sobre la sobreextensión imperial, formulada en 1987. La reduce a su núcleo estructural y postula que este permite comprender el dilema estratégico que enfrenta el Estado de Israel en 2026.
La afirmación es modesta en su formulación, pero profunda en sus implicaciones. No sostiene que Israel sea un imperio; manifiestamente, no lo es. Tampoco afirma que su declive esté determinado de antemano, pues todo el peso moral del argumento descansa precisamente en que se trata de un proceso contingente.
Lo que se plantea es que un síndrome estructural reconocible —que se ha repetido en casos para los cuales este marco nunca fue concebido originalmente— ya puede observarse en los datos israelíes.
Además, el curso analíticamente responsable consiste en identificarlo a tiempo, mientras todavía sea posible realizar una corrección voluntaria.
El artículo comienza exponiendo el marco teórico y sus limitaciones en la sección 2. A continuación, establece un método comparativo en la sección 3; examina tres casos históricos y extrae de cada uno una implicación específica para Israel en la sección 4; analiza detalladamente los indicadores israelíes a la luz de esa comparación en la sección 5; y concluye examinando las condiciones y la orientación de una posible recalibración en las secciones 6 y 7.
2. El marco y sus limitaciones
El argumento de Kennedy, desarrollado en The Rise and Fall of the Great Powers —Auge y caída de las grandes potencias—, suele ser recordado erróneamente como una forma de determinismo económico.
Sin embargo, no es estrictamente económico ni determinista, sino estructural, y se apoya en tres proposiciones.
En primer lugar, el poder militar y estratégico descansa, a largo plazo, sobre fundamentos económicos. La capacidad de sostener fuerzas armadas, alianzas y compromisos en distintos escenarios depende, en última instancia, de la base productiva que los financia.
En segundo lugar, a medida que un Estado acumula compromisos —cada uno aceptado de manera marginal cuando parece necesario y asequible—, el costo acumulado de esas obligaciones tiende a crecer más rápidamente que su base productiva. Kennedy denominó “sobreextensión imperial” a la brecha resultante entre compromisos y recursos.
En tercer lugar, los sistemas políticos de las potencias sometidas a esta presión tienden a perder, de forma secuencial, primero la capacidad de reconocer la sobreextensión y, posteriormente, la capacidad de actuar una vez que finalmente la reconocen.
Las clases privilegiadas se resisten a una redistribución de las cargas; las comunidades estratégicas continúan razonando mediante las categorías propias de una época anterior; y los aliados comienzan a distanciarse. Para cuando el desequilibrio se vuelve innegable, el espacio para una corrección voluntaria —o para una corrección voluntaria a un costo todavía soportable— suele haberse cerrado.
La cadena causal es compacta: los compromisos superan la base productiva; aumenta la presión fiscal; los flujos de recursos externos se vuelven poco confiables o quedan sujetos a condiciones; se deteriora la solvencia crediticia; se erosionan el capital y la confianza; y finalmente se pierde autonomía estratégica, ya sea de manera gradual o como resultado de una crisis.
El declive que sigue es, desde un punto de vista empírico, menos una cuestión de voluntad que de aritmética.
Conviene situar brevemente esta tesis dentro del debate que provocó, porque dicho debate fortalece, más que debilita, su aplicación al presente caso.
La afirmación central de Kennedy era que Estados Unidos también terminaría enfrentando un ajuste entre sus compromisos y su base productiva. Esto no ocurriría como resultado de una falla moral, sino debido a una regularidad estructural: las cargas asociadas con la primacía mundial tienden a aumentar, incluso cuando el peso económico relativo de la potencia hegemónica disminuye frente a productores nuevos y de crecimiento más acelerado.
Durante la década de 1990, esta afirmación fue cuestionada por quienes interpretaban el denominado “momento unipolar” —el período posterior al colapso soviético, durante el cual Estados Unidos quedó como la única superpotencia— como una demostración de que una potencia suficientemente dominante podía escapar indefinidamente de esa aritmética.
Las décadas transcurridas desde entonces no han confirmado la versión más optimista de esa interpretación. En todo caso, han devuelto relevancia a la intuición estructural de Kennedy: la primacía puede postergar el ajuste, pero no eliminarlo.
De hecho, la tregua que el momento unipolar concedió podría estar reduciéndose en lugar de ampliarse. El ascenso de China como competidor de capacidades comparables y, en un horizonte más distante, el potencial de India reintroducen precisamente la dinámica de declive relativo descrita por Kennedy.
Por esta razón, el ajuste que anticipó podría producirse antes, y no después, de lo que esperaban los optimistas de la década de 1990.
Así se utiliza este marco en el presente artículo: no como una profecía de colapso, sino como una disciplina para analizar la relación entre los compromisos y la base productiva antes de que esa relación termine manifestándose por sí sola.
También deben exponerse las limitaciones del marco, pues afectan directamente su aplicación actual.
La tesis ha sido criticada por su excesivo determinismo, ya que las potencias pueden recuperarse; el Reino Unido lo hizo parcialmente después de 1945. Asimismo, se ha señalado que subestima la capacidad de acción de los dirigentes, puesto que estos toman decisiones y sus elecciones pueden interrumpir el mecanismo en cualquiera de sus etapas.
También ha sido cuestionada por presentar como inevitable aquello que, en realidad, es contingente.
Estas críticas son razonables y se aceptan en este artículo. Sin embargo, no invalidan la regularidad estructural identificada por Kennedy: una vez que se abre la brecha entre compromisos y recursos, esta tiende, bajo las dinámicas políticas habituales, a ampliarse en lugar de reducirse.
Por consiguiente, dos advertencias rigen este análisis.
La primera se relaciona con su alcance: Israel no es una gran potencia en el sentido imperial europeo, y las comparaciones que siguen son estructurales, no circunstanciales. La pregunta no es si las circunstancias se parecen entre sí, sino si el mecanismo opera de manera comparable.
La segunda advertencia es de carácter epistemológico: este artículo no propone un método para predecir cuándo se producirá un punto de inflexión. Solo sostiene que las condiciones estructurales previas a ese momento ya son visibles y que el intervalo entre el reconocimiento del problema y su irreversibilidad puede ser mucho más breve de lo que creen quienes están condicionados por las suposiciones predominantes.
3. Un marco comparativo: siete dimensiones
Para pasar de la metáfora al análisis, los casos se comparan mediante siete dimensiones estructurales derivadas del mecanismo planteado por Kennedy.
No se trata de una escala de puntuación, sino de un marco analítico destinado a garantizar que la comparación sea disciplinada y no meramente impresionista.
Las siete dimensiones son las siguientes:
- Dependencia de recursos externos: se refiere a la dependencia de un flujo externo y al grado de confiabilidad o condicionalidad de este.
- Clases privilegiadas o exentas: grupos que, por razones estructurales, están protegidos de las cargas fiscales o militares que debe soportar el resto de la sociedad.
- Contracción de la base productiva: estrechamiento, debido a factores demográficos o decisiones políticas, del segmento económicamente productivo de la población.
- Compromisos en múltiples frentes: obligaciones simultáneas que se aproximan o superan la capacidad sostenible del Estado.
- Incapacidad política para reformar: imposibilidad de la coalición gobernante de redistribuir las cargas existentes.
- Detonante financiero: momento en el que una presión hasta entonces latente se transforma en una crisis operativa.
- Velocidad del punto de inflexión: intervalo entre la aparición visible de las tensiones y el comienzo de un declive irreversible.
La Tabla 1 resume esta comparación. La columna correspondiente a Israel representa una interpretación estructural de los indicadores actuales y no constituye una predicción.
Tabla 1. Síndrome estructural comparado en cuatro casos
| Dimensión | España de los Habsburgo (c. 1580-1640) | Sudáfrica del apartheid (1960-1990) | Unión Soviética tardía (1979-1991) | Israel (2026) |
|---|---|---|---|---|
| Dependencia de recursos externos | Plata sudamericana de Potosí; volátil y, en última instancia, poco confiable. | Capital extranjero y líneas de crédito. | Ingresos por exportaciones de petróleo; colapso entre 1985 y 1986. | Ayuda militar estadounidense, condicionada por primera vez desde 1973. |
| Clases privilegiadas o exentas | La nobleza y la Iglesia estaban ampliamente exentas de impuestos. | La minoría blanca soportaba la carga militar, pero se resistía a las reformas. | Nomenklatura; privilegios rígidos. | Exención de los haredíes del servicio militar y baja participación laboral. |
| Contracción de la base productiva | Expulsión de los judíos en 1492 y de los moriscos entre 1609 y 1614. | Emigración acelerada de la población blanca desde 1976. | Economía estancada y con una asignación deficiente de recursos. | Emigración neta concentrada en el segmento productivo y movilización masiva de reservistas —miluim—, que retira trabajadores en edad laboral. |
| Compromisos en múltiples frentes | Guerra en los Países Bajos, guerra contra Francia y Guerra de los Treinta Años. | Represión interna y guerras regionales. | Afganistán y competencia mundial. | Gaza, Líbano, Cisjordania, eje iraní y frentes marítimos. |
| Incapacidad política para reformar | Fracasó la Unión de Armas de 1624; rebeliones de 1640. | Las reformas fueron resistidas hasta que la crisis obligó a implementarlas. | Rigidez ideológica hasta que fue demasiado tarde. | La viabilidad de la coalición depende de las exenciones de los haredíes y del apoyo a las aspiraciones de los colonos en Cisjordania, lo que excluye cualquier posibilidad de un Estado palestino. |
| Detonante financiero | Cuatro incumplimientos de deuda soberana en 40 años. | En agosto de 1985, los bancos se negaron a renovar los préstamos y se produjo una fuga de capitales. | El desplome del precio del petróleo eliminó el principal sostén económico. | En 2024, las tres agencias realizaron cinco rebajas de calificación, equivalentes a seis niveles. |
| Velocidad del punto de inflexión | Declive lento, prolongado durante varias décadas. | Rápido, una vez que el cambio de percepción se transformó en consecuencias concretas. | Aproximadamente seis años desde el inicio de las reformas hasta la disolución. | Interrogante abierto; las condiciones previas ya son visibles. |
La lectura comparativa permite identificar la estructura. Los casos que se examinan a continuación aportan el detalle histórico, mientras que los indicadores israelíes presentados en la sección 5 proporcionan la información contemporánea, incluida la dimensión que ha experimentado el cambio más pronunciado de todas.
4. Tres casos y sus implicaciones para Israel
4.1. La España de los Habsburgo: la anestesia de los recursos externos
A finales del siglo XVI, tras consolidar su posición mediante la incorporación de Portugal en 1580, España era la principal potencia del mundo. Su tesorería se alimentaba de un río de plata procedente de las minas sudamericanas de Potosí, situadas en el territorio que actualmente corresponde a Bolivia.
En el transcurso de dos generaciones, la Corona española incumplió cuatro veces sus obligaciones soberanas —en 1557, 1560, 1575 y 1596— y entró en un proceso de declive del que nunca logró recuperarse.
El mecanismo puede observarse claramente en cada una de las dimensiones analizadas. Los detalles históricos son importantes, porque son precisamente estos los que permiten comprender su funcionamiento.
La plata no permanecía almacenada en las bóvedas españolas para financiar el poder de España. Por el contrario, era comprometida por adelantado, con frecuencia varios años antes de su llegada, a los banqueros genoveses vinculados a los asientos, quienes proporcionaban el dinero necesario para movilizar los ejércitos de Flandes.
En la práctica, la Corona descontaba los lingotes del futuro para pagar las guerras del presente. Por ello, cada flota procedente de las Indias llegaba con su cargamento ya gastado.
Los compromisos militares se multiplicaron en varios frentes —entre ellos, la rebelión de los Países Bajos, la guerra contra Francia y la Guerra de los Treinta Años— con mayor rapidez que la capacidad española para financiarlos.
Las clases más privilegiadas, principalmente la nobleza y la Iglesia, estaban ampliamente exentas de los impuestos utilizados para financiar estas guerras. En consecuencia, la carga recaía sobre Castilla y sobre el sector de la población productiva que tenía menos capacidad para soportarla.
Esa misma base productiva fue debilitada por la expulsión primero de los judíos y posteriormente de los moriscos. Por razones de pureza ideológica, el Estado terminó amputando de manera efectiva una parte esencial de su propio tejido comercial y artesanal.
Cuando finalmente se intentó aplicar una reforma, mediante la Unión de Armas propuesta en 1624 por el conde-duque de Olivares, el sistema político fue incapaz de implementarla. La iniciativa, que buscaba distribuir de manera más racional la carga militar entre los distintos territorios de la monarquía, contribuyó a desencadenar las rebeliones de 1640.
La lección analítica es que la plata no representaba una verdadera fortaleza, sino una anestesia.
Un flujo externo de recursos que elimina la disciplina de equilibrar las propias cuentas permite a un Estado postergar durante décadas un ajuste que no puede aplazar indefinidamente. Como demostraron Drelichman y Voth en su historia fiscal del período, publicada en 2014, la insolvencia estructural era visible en las cuentas mucho antes de que fuera reconocida por el sistema político.
Implicación para Israel. La plata española constituye el equivalente estructural del apoyo estratégico externo y, en un sentido más amplio, de la reserva de simpatía de los aliados sobre la cual descansa parcialmente la posición de Israel.
Un flujo de esta naturaleza representa un activo estratégico únicamente mientras no sustituya la autodisciplina fiscal y política.
La primera imposición de condiciones a la ayuda estadounidense desde 1973 —la suspensión temporal, en mayo de 2024, del suministro de bombas de gran potencia— debe analizarse junto con una carga de defensa financiada cada vez más mediante endeudamiento, en lugar de una ampliación de la base tributaria.
Este hecho no debería interpretarse como una dificultad transitoria, sino como una primera señal del patrón español: el momento en que el recurso externo deja de ser incondicional es también el momento en que comienza a materializarse el ajuste que hasta entonces había sido postergado.
Esta preocupación se intensifica al considerar que, el 18 de junio de 2026, el vicepresidente estadounidense J. D. Vance arremetió contra los integrantes del Gobierno israelí que criticaban el acuerdo de alto el fuego con Irán. Según informó Reuters, Vance señaló que el presidente Donald Trump era el único aliado que le quedaba a Israel en el mundo.
Se trató de una severa reprimenda que también hizo referencia a los miles de millones de dólares en ayuda para la defensa que Israel recibe de Estados Unidos.
4.2. La Sudáfrica del apartheid: la velocidad con la que el sentimiento se convierte en consecuencias
Este caso se aborda con el cuidado especial que corresponde al país donde nació y se crio el autor.
Durante aproximadamente veinticinco años después de la masacre de Sharpeville de 1960, la condena internacional del apartheid fue constante, pero inerte en términos operativos.
El régimen se acostumbró a las críticas. La minoría privilegiada que soportaba la carga militar y fiscal se convenció de que la tormenta terminaría pasando.
Es importante precisar por qué aquella tormenta no pasó, pues la secuencia de los acontecimientos constituye la verdadera lección.
El levantamiento de Soweto de 1976 marcó el momento en que una rebelión interna adquirió una audiencia internacional permanente. Desde ese año comenzó a acelerarse la emigración de la población blanca. La minoría productiva estaba votando silenciosamente con los pies una década antes de que estallara la crisis.
A comienzos de la década de 1980, la campaña de desinversión fue ganando terreno en universidades, fondos de pensiones y gobiernos municipales de Occidente. Durante años pareció ser solamente ruido: pancartas, protestas y mociones estudiantiles. El régimen la consideró irrelevante y actuó en consecuencia.
Mientras tanto, la carga de defensa aumentó progresivamente desde aproximadamente el 2% del producto interno bruto en 1965 hasta cerca del 4,4% en 1985, a medida que el Estado intensificaba su militarización interna y combatía fuera de sus fronteras.
En agosto de 1985, finalmente se activó el mecanismo que aquellas protestas habían construido silenciosamente.
Chase Manhattan, al considerar que el riesgo político ya no justificaba el retorno financiero, se negó a renovar sus préstamos de corto plazo. En cuestión de días, otros bancos siguieron el mismo camino.
Lo que había sido un lento debate moral se convirtió, prácticamente de la noche a la mañana, en un vertiginoso problema financiero.
El rand perdió un tercio de su valor, se declaró una moratoria de la deuda y quedó abierto el camino hacia la transición negociada que se anunciaría en 1990.
La característica analíticamente decisiva no es la moralidad, aunque esta terminó siendo fundamental, sino la velocidad.
Un determinado sentimiento puede permanecer latente durante toda una generación y transformarse en consecuencias concretas en el transcurso de una sola tarde. Cuando esa conversión ocurre, se manifiesta a través del sistema bancario y no de las cámaras legislativas.
La recalibración que finalmente emprendió Sudáfrica fue costosa. Sin embargo, resultó considerablemente menos onerosa que la alternativa impuesta que habría enfrentado el país si hubiera permitido que la ventana de corrección se cerrara por completo.
Implicación para Israel. La advertencia pertinente se refiere a la relación entre reputación y capital.
La exposición de Israel se produce a través de mercados de capitales integrados mundialmente y de un sector tecnológico desproporcionadamente sensible al costo del capital y a las decisiones de inversionistas y socios extranjeros.
El caso sudafricano demuestra que una percepción negativa puede persistir durante años como simple retórica y, al alcanzar un umbral impredecible, transformarse repentinamente en una realidad financiera. Ese umbral permanece invisible hasta después de haber sido cruzado.
Las rebajas de la calificación soberana de Israel realizadas en 2024 por Fitch Ratings, Moody’s Ratings y S&P Global Ratings constituyen precisamente el tipo de señal que, en la secuencia sudafricana, precedió a esa conversión.
La conclusión prudente no consiste en afirmar con complacencia que “las críticas siempre han existido”, sino en reconocer que el intervalo entre la crítica y sus consecuencias es justamente aquello que no puede predecirse.
4.3. La Unión Soviética tardía: una ventana abreviada y un liderazgo que desconocía la realidad
Una carga de defensa estimada entre el 15% y el 20% del producto interno bruto, sostenida por una economía estancada y con una deficiente asignación de recursos, y respaldada por los ingresos procedentes de las exportaciones de petróleo, solo podía mantenerse mientras esos ingresos permanecieran estables.
Cuando el precio del petróleo se desplomó entre 1985 y 1986, desapareció el soporte que sostenía el sistema.
Lo sorprendente no es que la Unión Soviética haya caído, sino la rapidez con que lo hizo una vez que el desequilibrio subyacente fue finalmente reconocido: transcurrieron aproximadamente seis años desde las primeras reformas de Mijaíl Gorbachov hasta la disolución del Estado soviético en 1991.
Durante años, la rigidez ideológica había impedido cualquier adaptación. Cuando esta finalmente llegó, no adoptó la forma de un ajuste ordenado, sino la de un colapso.
Sin embargo, el aspecto más inquietante del caso soviético es también el que se menciona con menor frecuencia. Este elemento debe ocupar el centro del presente artículo y no quedar relegado a sus márgenes.
Los dirigentes soviéticos desconocían la verdadera magnitud de la carga que soportaba su propio sistema.
La economía planificada no generaba cuentas nacionales transparentes. Los presupuestos de defensa estaban sometidos al máximo nivel de clasificación y numerosos costos militares se ocultaban dentro de partidas aparentemente civiles del plan económico.
El Politburó no podía identificar su propia situación a partir de sus libros contables, porque esos libros habían sido elaborados precisamente para impedir que dicha situación pudiera ser comprendida.
Este problema era diferente y más grave que negarse a actuar frente a un diagnóstico. Se trataba de una falla anterior: la de un sistema estructuralmente incapaz de producir el diagnóstico.
También era un sistema en el cual la información se distorsionaba mientras ascendía por la jerarquía, porque nadie dentro de él recibía recompensa alguna por transmitir cifras desagradables.
Por consiguiente, el punto de inflexión entre “problemas graves que requieren reformas” y un “colapso fuera del control político” no era visible desde el interior del sistema a medida que se aproximaba.
La ventana para realizar una recalibración ordenada se cerró antes de que sus dirigentes comprendieran que se estaba cerrando.
Implicación para Israel. La lección soviética, correctamente formulada, no sostiene que Israel vaya a colapsar. Una conclusión de esa naturaleza representaría un uso abusivo de la analogía.
La advertencia se relaciona con la economía política del reconocimiento y opera en dos niveles.
El peligro más superficial consiste en que la comunidad estratégica israelí perciba la presión, pero no consiga transformar esa percepción en una acción políticamente viable dentro de una coalición cuya supervivencia depende de los mismos acuerdos que generan el problema. En este escenario, existiría un diagnóstico preciso, pero permanecería atrapado detrás de una política inamovible.
El peligro más profundo —y el verdaderamente soviético— es que el diagnóstico nunca llegue a formarse.
Una coalición cuya supervivencia depende de no calcular el costo real de determinados compromisos —como las exenciones del servicio militar, los gastos permanentes asociados a los asentamientos y la movilización indefinida de reservistas— podría organizar silenciosamente sus cuentas para impedir que la carga completa sea reunida en un solo lugar donde un responsable político esté obligado a examinarla.
La primera falla es una falta de valentía. La segunda es una falta de visión.
Esta es la razón por la cual la ventana de corrección podría ser más breve y cerrarse de manera más abrupta de lo que los gobernantes suponen instintivamente. Un sistema no puede corregir a tiempo un problema que ha sido organizado para no ver.
4.4. Lo que comparten los tres casos
Analizados en conjunto, los tres casos permiten aislar una única aritmética estructural, observada desde tres perspectivas diferentes.
España demuestra la seducción de los recursos externos y de las élites exentas. Sudáfrica revela la velocidad con la que un sentimiento hasta entonces latente puede convertirse en una crisis operativa. La Unión Soviética muestra cómo la rigidez política puede acortar la ventana de corrección y advierte sobre el peligro previo de un sistema incapaz de interpretar sus propias cuentas.
La proposición unificadora, coherente con la tesis de Kennedy, es que una recalibración voluntaria y ordenada solo resulta posible mientras el sistema todavía conserva la capacidad política, económica e intelectual de reconocer sus desequilibrios y actuar sobre ellos.
Una vez que la presión acumulada se convierte en una crisis financiera, estratégica o política, las condiciones del ajuste dejan de ser determinadas por el Estado afectado.
La corrección ya no se realiza entonces de manera voluntaria ni desde una posición de fortaleza, sino bajo presión y de acuerdo con condiciones impuestas por otros.
La lección común no es que el declive sea inevitable. Es que el margen para evitarlo puede desaparecer mucho antes de que la pérdida de poder se vuelva evidente.
4.5. La reserva que se agota: el capital político de los aliados y los datos de las encuestas
Antes de analizar en detalle los indicadores israelíes, es necesario examinar de manera separada y anticipada una dimensión común a los tres casos históricos.
En su manifestación más contemporánea, esta dimensión constituye el equivalente estructural de la plata española y de los ingresos petroleros de la Unión Soviética: la reserva de simpatía política de los aliados sobre la cual descansa parcialmente la posición estratégica de Israel.
En cada uno de los casos históricos, el apoyo externo se erosionó silenciosamente, primero como un cambio de percepción y mucho antes de convertirse en hechos concretos, como la retirada del crédito o la desaparición de las rentas.
En el caso de Israel, esa erosión ya puede medirse. Su manifestación más evidente se encuentra en Estados Unidos, el único aliado cuya disposición influye en el precio de la deuda israelí, proporciona sus municiones y respalda su posición internacional.
La dirección que muestran los datos publicados es inequívoca, y la medición más reciente es también la más alarmante.
En la última encuesta del Pew Research Center, realizada entre el 23 y el 29 de marzo de 2026 entre 3.507 adultos estadounidenses y publicada el 7 de abril de ese mismo año, el 60% de los estadounidenses expresó una opinión desfavorable sobre Israel. Dentro de ese grupo, un 28% manifestó una percepción “muy desfavorable”. Solo el 37% sostuvo una opinión favorable.
Ese 60% representa un aumento respecto del 53% registrado durante la primavera de 2025 y del 42% observado en 2022. Se trata de un deterioro de dieciocho puntos porcentuales en cuatro años.
Durante el mismo período, el porcentaje de personas con una opinión “muy desfavorable” casi se triplicó: pasó del 10% al 19% y posteriormente al 28%.
La brecha partidista es profunda. Entre los demócratas y los independientes cercanos al Partido Demócrata, la proporción de opiniones desfavorables llegó al 80%, frente al 69% registrado un año antes y el 53% de 2022.
Entre los republicanos y los independientes cercanos al Partido Republicano, el porcentaje continúa siendo menor, aunque alcanza el 41%.
La confianza en el primer ministro Benjamin Netanyahu se ha desplomado paralelamente. En la actualidad, un 59% de los estadounidenses declara tener poca o ninguna confianza en él, casi veinte puntos porcentuales más que en 2023. Entre los demócratas, esa cifra alcanza el 76%.
Sin embargo, el hallazgo más trascendente es de carácter generacional y representa un fenómeno nuevo.
Como señala el propio Pew Research Center, “en ambos partidos políticos, la mayoría de los adultos menores de 50 años evalúa actualmente de manera negativa a Israel y a Netanyahu”.
La erosión ya no se limita a la izquierda demócrata. Un 57% de los republicanos de entre 18 y 49 años mantiene actualmente una opinión desfavorable sobre Israel, frente al 50% registrado apenas un año antes. Los republicanos de 50 años o más, en cambio, siguen expresando una opinión mayoritariamente favorable.
Entre los demócratas menores de 50 años, el 47% tiene una percepción “muy desfavorable”, en comparación con el 39% de los demócratas de mayor edad.
Este giro generacional y transversal entre los partidos otorga mayor gravedad a la advertencia formulada por el vicepresidente estadounidense J. D. Vance el 18 de junio de 2026.
Vance señaló que Israel no debería estar “atacando al único aliado poderoso” que le queda y recordó que dos tercios de las armas defensivas que protegen al país “han sido fabricadas por manos estadounidenses y pagadas con el dinero de los contribuyentes estadounidenses”.
La base política que ha respaldado esa ayuda durante medio siglo está contrayéndose de manera visible, especialmente entre los integrantes más jóvenes de ambos partidos, quienes conformarán el electorado estadounidense durante las próximas décadas.
Dos características de estos datos son importantes desde una perspectiva estructural y no únicamente política.
La primera es que el deterioro ya no se concentra en los sectores donde el respaldo a Israel era tradicionalmente más débil. Ahora atraviesa la división partidista y, de manera decisiva, las generaciones dentro de ambos partidos.
Por consiguiente, lo que se está erosionando no es el respaldo de un sector marginal, sino el consenso bipartidista e intergeneracional que anteriormente permitía considerar incondicional el apoyo estadounidense.
Las tendencias, por tanto, apuntan en una sola dirección a lo largo del tiempo y no hacia una recuperación de las posiciones anteriores.
La segunda característica es que el mismo conjunto de encuestas que registra esta disminución de la valoración favorable también demuestra que entre los estadounidenses persiste —y en algunos casos es mayoritario— el respaldo al instrumento que la política interna israelí ha descartado: un acuerdo que abra un horizonte creíble para los palestinos.
Los datos permiten identificar desde este punto del argumento la paradoja que será examinada en la sección 7: la valoración favorable de Israel está disminuyendo, principalmente entre los miembros más jóvenes de ambos partidos, pero el camino que podría permitir su recuperación es precisamente aquel que la política interna israelí ha cerrado.
Para estudiar el mecanismo que subyace a estos resultados, el autor encargó una encuesta específica y un análisis conjunto de la opinión pública estadounidense, dirigidos especialmente al segmento considerado “recuperable”.
Este grupo está conformado por los estadounidenses cuya opinión sobre Israel empeoró durante el año anterior, pero que aún permanecen abiertos a modificarla.
Los resultados se presentan como una medición orientativa de la influencia relativa de distintos factores, y no como una estimación aplicable al conjunto de la población. Aun así, son sorprendentes.
De todos los atributos evaluados, la dimensión relacionada con el desenlace del conflicto fue claramente predominante y explicó aproximadamente la mitad —cerca del 53%— de las variaciones en la valoración favorable.
Dentro de esa dimensión, un acuerdo creíble de dos Estados con los palestinos produjo, por un margen considerable, el efecto positivo más fuerte. En contraste, la alternativa de “ningún acuerdo” generó el efecto más débil.

Las encuestas publicadas muestran los niveles generales de opinión. El análisis conjunto encargado por el autor demuestra que, entre los electores que Israel todavía puede recuperar, un acuerdo creíble con los palestinos no constituye simplemente un factor más entre muchos otros.
Es el principal elemento capaz de revertir la tendencia y transformar una curva descendente de valoración en una recuperación del respaldo.
Estos resultados serán retomados dentro de su contexto estratégico completo en la sección 7.3.
5. Los indicadores israelíes
La base empírica que se presenta a continuación procede de fuentes públicas, verificables y metodológicamente transparentes: el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo —SIPRI—, el Banco de Israel, la Oficina Central de Estadísticas de Israel, el Ministerio de Finanzas israelí, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos —OCDE—, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las tres principales agencias internacionales de calificación crediticia.
Los datos se presentan como indicadores y no como interpretaciones.
Se encuentran organizados de acuerdo con las dos partes del mecanismo descrito por Kennedy: los compromisos que se están ampliando y la base productiva que se está estrechando y debe sostenerlos.
5.1. La ampliación de los compromisos y el aumento de la carga
La dimensión que ha experimentado el cambio más pronunciado es la propia carga de defensa. Conviene exponerla con claridad antes de analizar los demás factores.
Según la serie estadística del SIPRI, el gasto militar de Israel pasó del 5,6% del producto interno bruto en 2022 al 5,4% en 2023 y posteriormente al 8,8% en 2024.
El incremento entre 2023 y 2024 —aproximadamente 3,4 puntos porcentuales en un solo año— fue uno de los aumentos anuales más pronunciados de la carga militar registrados en el mundo durante ese período.
Como resultado, Israel pasó a soportar la segunda mayor carga nacional de defensa del planeta, superada únicamente por Ucrania.
Esta es la expresión numérica del compromiso en múltiples frentes señalado en la Tabla 1: Gaza, Líbano, Cisjordania, el eje iraní y los accesos marítimos deben ser financiados simultáneamente, a un ritmo que la base productiva subyacente no genera.
Es necesario explicar por qué los accesos marítimos forman parte de esta lista de frentes, pues son el menos visible de los cinco.
Desde finales de 2023, el movimiento hutí de Yemen, alineado con Irán, ha desarrollado una campaña sostenida contra los barcos con destino a Israel o vinculados con el país.
Esta campaña ha obligado a desviar el tráfico desde el mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb, generando un costo permanente para la ruta comercial marítima que atraviesa el puerto de Eilat.
Mantener la libertad de navegación —ya sea mediante despliegues navales, sistemas de defensa aérea sobre accesos distantes, acuerdos de escolta con países aliados o la absorción económica del encarecimiento de los seguros y de las rutas alternativas— constituye por sí mismo un compromiso estratégico permanente.
Se trata de una obligación geográficamente distante de las fronteras israelíes y cuya duración permanece abierta.
Su inclusión entre los distintos frentes no busca completar retóricamente la enumeración, sino que responde a la prueba fundamental del mecanismo de Kennedy: es un compromiso que consume recursos, que no puede terminarse unilateralmente y que debe ser financiado por la base productiva mientras persista la amenaza.
La deuda pública aumentó paralelamente. Pasó del 61,5% del producto interno bruto al final de 2023 al 67,8% un año después y al 68,5% al cierre de 2025.
Con ello se aproximó al nivel inferior al 70% del PIB que el Banco de Israel ha considerado tradicionalmente como el límite superior de la prudencia fiscal.
Además, esta carga no corresponde a una cifra única que se paga una sola vez. Es una obligación sostenida, y uno de sus componentes se relaciona directamente con el mecanismo de Kennedy porque grava dos veces la base productiva.
La movilización de reservistas iniciada en octubre de 2023 autorizó la convocatoria de hasta 360.000 personas, la mayor movilización de esta naturaleza en la historia de Israel.
Su importancia no es únicamente fiscal.
En una estimación inicial del Banco de Israel, el costo semanal general de las ausencias laborales relacionadas con la guerra alcanzó aproximadamente los 2.300 millones de séqueles, equivalentes a alrededor del 6% del producto interno bruto semanal.
La movilización de reservistas representó una parte considerable de esta pérdida, junto con el cierre de escuelas y las evacuaciones.
Los períodos prolongados de servicio en la reserva retiran de la economía privada, en cantidades desproporcionadas, precisamente a los integrantes en edad laboral de la población productiva.
Como resultado, la base económica opera materialmente por debajo de su capacidad, incluso si el gasto en defensa se mantiene constante.
Es una carga que se paga dos veces: primero en las cuentas públicas y posteriormente mediante la producción privada que deja de generarse.
El compromiso estratégico consume, en el sentido exacto planteado por Kennedy, los recursos productivos de los que finalmente depende.
Por esta razón, la carga asociada a los reservistas aparece en ambos lados del presente análisis: en esta sección, como parte de los compromisos crecientes, y nuevamente en la sección 5.2, como una de las fuerzas que estrechan la base productiva.
En el transcurso de un solo año, las tres principales agencias internacionales redujeron la calificación crediticia de Israel mediante cinco decisiones separadas, equivalentes en conjunto a una rebaja de seis niveles.
Moody’s redujo la calificación de A1 a A2 en febrero de 2024 y, mediante una decisión poco habitual, la rebajó otros dos niveles, hasta Baa1, en septiembre.
S&P redujo la calificación desde AA− hasta A+ en abril y posteriormente hasta A en octubre.
Fitch, por su parte, rebajó la calificación desde A+ hasta A en agosto.
Todas estas decisiones estuvieron acompañadas de una perspectiva negativa.
Una rebaja crediticia no es simplemente una opinión, sino un precio. Incrementa el costo de cada séquel que el Estado obtiene mediante endeudamiento, precisamente en el momento en que tiene menos capacidad para soportarlo.
Es el equivalente contemporáneo del incumplimiento de pagos español y de la retirada del crédito que enfrentó Sudáfrica.
5.2. El estrechamiento de la base productiva
Mientras los compromisos se amplían, la base productiva que debe financiarlos se está estrechando simultáneamente en cuatro ejes.
Es la convergencia de estos factores, y no uno de ellos por separado, la que configura la señal característica de la sobreextensión.
Demografía y clases exentas. Para 2065, se proyecta que la comunidad haredí represente aproximadamente un tercio de la población israelí, frente al 14% actual. Sin embargo, la mayoría de los hombres haredíes permanece fuera tanto de la fuerza laboral como del servicio militar.
La participación laboral masculina en el segmento de edad correspondiente se sitúa alrededor del 56%, en comparación con aproximadamente el 87% entre los hombres judíos no haredíes.
Esto no constituye una valoración sobre una comunidad, sino el reconocimiento de una realidad aritmética.
Representa el equivalente estructural de las clases exentas descritas por Kennedy: la nobleza y la Iglesia de Castilla o la nomenklatura del sistema soviético. Se trata de un grupo protegido, mediante acuerdos políticos, de las cargas que soporta el resto de la sociedad.
En el caso israelí existe una diferencia decisiva: la exención no es un elemento incidental del acuerdo político, sino una de sus condiciones constitutivas.
Cisjordania como costo fijo permanente. El apoyo a los asentamientos y la carga general de seguridad en Cisjordania representan un costo fijo permanente para la base productiva.
El costo limitado y directamente incorporado en el presupuesto es relativamente modesto. En 2015, RAND estimó que el gasto directo del Gobierno israelí relacionado con los asentamientos ascendía a aproximadamente 1.100 millones de dólares anuales.
Sin embargo, el costo más amplio es considerablemente mayor cuando se añaden la carga desproporcionada de seguridad, las alteraciones económicas recurrentes y los costos diplomáticos que afectan al capital y al comercio.
Al sintetizar distintas estimaciones, el economista Eitan Berglas calculó que el impacto macroeconómico se acercaba al 2% del producto interno bruto.
Un estudio de políticas públicas elaborado en 2015 determinó que el efecto acumulado de los asentamientos, la violencia recurrente, el mayor gasto en defensa y el riesgo de boicots podría representar anualmente entre 1,5 y 2 puntos porcentuales del PIB.
RAND también observó que, en años anteriores, los gastos relacionados con los asentamientos habían llegado a representar hasta el 6% del producto interno bruto.
Estas cifras son objeto de discusión y provienen de metodologías heterogéneas. Por ello, se presentan como un rango y no como una cifra única.
No obstante, si el problema se formula en términos estructurales y sin polémicas, la conclusión se mantiene a pesar de la incertidumbre: se trata de un compromiso estratégico en el sentido preciso definido por Kennedy.
Consume recursos productivos en lugar de generarlos y lo hace como un costo permanente que no disminuye cuando se detienen los combates.
El efecto de los reservistas. Este factor ya fue descrito en la sección 5.1, pero debe mencionarse nuevamente porque su efecto secundario consiste precisamente en reducir la producción efectiva de la población económicamente activa.
Emigración del segmento productivo de la población. La salida de personas debe analizarse como una tendencia y no a partir de un solo año.
También debe considerarse una advertencia metodológica: la Oficina Central de Estadísticas de Israel adoptó en 2023 una nueva definición de emigración de larga duración. Por este motivo, la serie no es estrictamente comparable con la de años anteriores.
Según la medición oficial de emigración de larga duración, el saldo migratorio de los israelíes se volvió marcadamente negativo.
En 2023 se registró una salida neta de 29.759 personas, correspondiente a 59.366 emigrantes de larga duración frente a 29.607 retornados.
Durante 2024, la salida neta aumentó hasta las 58.624 personas, con 82.774 emigrantes y 24.150 retornados.
Las cifras provisionales para 2025 apuntan a la continuidad de este saldo migratorio negativo.
Los cálculos más amplios, que también incluyen ausencias de menor duración, presentan cifras todavía más elevadas. Algunas estimaciones señalan una salida superior a las 138.000 personas durante un período de tres años.
Sin embargo, estos cálculos utilizan una definición más extensa que la serie de emigración de larga duración de la Oficina Central de Estadísticas. Por consiguiente, deben considerarse como un límite superior mientras no se concilien las distintas mediciones.
La composición del grupo que emigra es más importante que su magnitud total.
La población que abandona el país tiende a ser joven, calificada y estar en edad laboral. De acuerdo con datos recientes, la mediana de edad de los emigrantes de larga duración se sitúa alrededor de los 32 años. Además, proceden de manera desproporcionada de los distritos centrales y económicamente productivos.
El efecto acumulado puede observarse en los indicadores demográficos generales, pues el crecimiento de la población se desaceleró marcadamente en 2025.
La conclusión estructural es clara: el emigrante marginal es precisamente el trabajador productivo que la economía tiene menos capacidad para perder.
El sector tecnológico es el motor del crecimiento productivo israelí. Sin embargo, como consecuencia de su integración mundial, también es el sector más expuesto al costo del capital y aquel cuyos trabajadores poseen mayores posibilidades de abandonar el país.
Esta dinámica reproduce la emigración acelerada que experimentó Sudáfrica desde 1976 y el vaciamiento de la economía productiva soviética, observados ahora en una etapa temprana a través de los datos israelíes.
5.3. El flujo externo, ahora condicionado, y el traslado de la carga hacia el interior
Por primera vez desde 1973, el flujo externo de recursos ha comenzado a estar sujeto a condiciones.
El Memorando de Entendimiento firmado en 2016 establece que Estados Unidos proporcionará a Israel una asistencia anual de seguridad de 3.800 millones de dólares hasta 2028.
Esta suma comprende 3.300 millones de dólares en Financiamiento Militar Extranjero y 500 millones destinados a programas conjuntos de defensa antimisiles. A ello se sumaron los fondos extraordinarios aprobados en abril de 2024.
En términos monetarios, esta continúa siendo la relación de asistencia más importante que mantiene Israel.
Sin embargo, el precedente verdaderamente relevante se produjo en mayo de 2024. Conviene explicarlo con detalle, pues constituye el equivalente contemporáneo de la decisión de Chase Manhattan de no renovar sus préstamos a Sudáfrica.
A comienzos de mayo de 2024, Estados Unidos suspendió un cargamento de municiones aéreas pesadas. La decisión fue confirmada públicamente entre el 7 y el 8 de mayo.
El envío incluía aproximadamente 1.800 bombas de 2.000 libras, pertenecientes a la clase MK-84, y 1.700 bombas de 500 libras, de la clase MK-82.
La suspensión respondió a la preocupación por su posible utilización en la ciudad de Rafah, densamente poblada.
La decisión solo fue revertida parcialmente. Las bombas de 500 libras, cuyo envío se había retrasado principalmente porque se encontraban incluidas en el mismo cargamento, fueron liberadas y comenzaron a enviarse nuevamente en julio de 2024.
Las bombas de 2.000 libras, que constituían el centro de las preocupaciones estadounidenses, permanecieron retenidas y sometidas a revisión.
El episodio fue menor por la cantidad de armamento involucrado, pero considerable por su significado.
Estableció, por primera vez en medio siglo, un precedente que no puede deshacerse: el suministro de armamento puede quedar condicionado por las decisiones operativas de Israel.
La relación dejó de ser incondicional y pasó a ser condicional, al menos en principio. Los casos históricos analizados sugieren que transiciones de esta naturaleza, una vez producidas, no suelen revertirse.
Existe además un aspecto más sutil y relevante, que representa la lección española expresada mediante las cuentas contemporáneas.
Se ha señalado, presentándolo como un motivo de tranquilidad, que la ayuda estadounidense representa actualmente una proporción menor del presupuesto de defensa israelí que en cualquier otro momento de los últimos veinte años.
Interpretado correctamente, este dato no debería generar tranquilidad. Constituye en sí mismo una señal de sobreextensión.
La proporción ha disminuido no porque se haya reducido la ayuda, sino porque el denominador israelí —el presupuesto de defensa— ha crecido con enorme rapidez.
La presión no ha sido evitada, sino trasladada: desde el balance externo hacia el interno y desde los contribuyentes estadounidenses hacia los israelíes.
Es la plata de Potosí a la inversa: la anestesia está desapareciendo y el ajuste postergado comienza a pagarse en séqueles obtenidos mediante endeudamiento y a un costo más elevado debido a las rebajas crediticias.
Es precisamente en este punto donde debe registrarse una respuesta reciente e instructiva de los propios dirigentes israelíes.
Durante unas declaraciones dirigidas a oficiales de la reserva el 23 de junio de 2026, el primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó que Israel “debe contar con un sistema de armamento propio e independiente” y que “debe producir sus propias armas”.
Netanyahu ya había anticipado esta posición en mayo de 2026, cuando expresó su intención de reducir progresivamente la dependencia de Israel respecto del componente financiero de la ayuda militar estadounidense y llevar a “cero” la contribución económica de Estados Unidos.
El impulso detrás de estas declaraciones —recuperar autonomía estratégica frente a un aliado que ha comenzado a imponer condiciones— resulta comprensible, especialmente a la luz de los comentarios recientes del vicepresidente estadounidense J. D. Vance mencionados en las secciones 4.1 y 4.5.
Sin embargo, evaluada mediante el marco utilizado en este artículo, la propuesta no reduce la sobreextensión. Por el contrario, la agrava precisamente en el lado más vulnerable de las cuentas.
La misma lógica se aplica, de manera general, a cualquier restricción del suministro.
En la medida en que una limitación externa obligue a Israel a reproducir internamente una capacidad que antes importaba, dicha restricción no se limita a negar el acceso a un arma. También amplía la carga, porque la capacidad reproducida debe financiarse completamente mediante la misma base interna que ya soporta el aumento del gasto en defensa.
Desarrollar y mantener una capacidad soberana para producir municiones pesadas, interceptores avanzados de defensa aérea y todo el conjunto de sistemas necesarios para un arsenal moderno no depende solamente de la voluntad política.
Requiere costos fijos, escala productiva y tiempo. Esos costos vuelven a recaer sobre una base productiva cada vez más estrecha, se financian mediante endeudamiento a un precio superior como consecuencia de las rebajas crediticias y afectan a una economía que ya pierde integrantes de su población productiva debido a la emigración y a la movilización de reservistas.
En estas condiciones, aspirar a una independencia armamentística resulta poco realista en el corto plazo desde un punto de vista aritmético.
En la medida en que se lleve adelante, esa política trasladará directamente la carga estratégica hacia la base interna y la incrementará durante el proceso.
Las restricciones no reducen los compromisos. La autosuficiencia, cuando se persigue desde una base sometida a presión, simplemente transforma una dependencia externa en una carga interna todavía mayor.
5.4. El aumento del precio del capital: una futura presión en formación
Existe otro canal, menos visible que la ayuda porque opera a través de los mercados y no de los tratados. Es también el que amenaza de manera más directa al sector del cual depende el futuro productivo de Israel.
Puede expresarse mediante una sola proposición: el precio que Israel debe pagar para acceder al capital ha aumentado, y lo ha hecho con mayor intensidad precisamente para las empresas de alta tecnología, software, ciberseguridad, gestión de datos y ciencias de la vida que impulsan su base productiva.
Es necesario comenzar con el riesgo soberano, porque este establece el nivel mínimo sobre el cual se calcula el precio de todos los demás activos.
Antes de octubre de 2023, la prima de los contratos de seguros contra el incumplimiento de la deuda soberana israelí a cinco años —el precio que exige el mercado para asegurarse frente a un eventual incumplimiento de Israel— se situaba aproximadamente en 60 puntos básicos.
El 26 de octubre de 2023, pocas semanas después del comienzo de la guerra, alcanzó un máximo histórico de 144 puntos básicos. Para octubre de 2024, había llegado a aproximadamente 165 puntos básicos.
El diferencial de los bonos gubernamentales israelíes a diez años denominados en dólares, en comparación con los bonos del Tesoro estadounidense, aumentó desde cerca de 85 puntos básicos antes de la guerra hasta casi 200 puntos básicos en agosto de 2024.
El diferencial soberano no es una abstracción. Constituye la base sobre la cual se calcula cada tasa de descuento expuesta al riesgo israelí.
Cuando este indicador aumenta, también se incrementa mecánicamente el rendimiento exigido a cualquier inversión israelí.
El conjunto de datos sobre riesgo país elaborado por Damodaran en 2026 asigna a Israel una prima de riesgo país del 2,07% y una prima de riesgo de las acciones del 6,30%, sobre la base de una calificación Baa1 de Moody’s.
Estos porcentajes representan aumentos explícitos del costo del capital que las entidades financieras aplican a los flujos de caja israelíes.
El efecto sobre la economía de capital de riesgo está documentado y no es simplemente una inferencia.
Según la serie estadística de IVC-LeumiTech, el capital recaudado por las empresas tecnológicas israelíes disminuyó desde un máximo de 25.600 millones de dólares en 2021 hasta 14.950 millones en 2022 y 6.900 millones en 2023.
Posteriormente, experimentó una recuperación parcial: llegó a 9.600 millones de dólares en 2024 y a 11.100 millones en 2025.
Los distintos sistemas de seguimiento presentan cifras diferentes, y esa divergencia resulta informativa por sí misma.
Start-Up Nation Central, que también estima las rondas de inversión no divulgadas o no informadas, registra cifras considerablemente mayores: alrededor de 12.200 millones de dólares en 2024 y aproximadamente 15.600 millones en 2025.
Las dos series no son contradictorias, sino que utilizan métodos de medición diferentes. Por este motivo, ambas se citan en el presente artículo, en lugar de seleccionar silenciosamente una de ellas.
La composición de las inversiones revela una situación aún más significativa.
El capital destinado a grandes rondas de financiamiento disminuyó aproximadamente un 80% durante el primer semestre de 2023, en comparación con el mismo período de 2022.
Las rondas realizadas con una valoración inferior a la anterior representaron cerca de una quinta parte de todas las rondas de 2023. Si se suman las rondas con valoraciones iguales o inferiores, la proporción alcanza aproximadamente el 35%.
Sin embargo, el indicador más revelador para la tesis sobre el costo del capital es la reducción del número de proveedores de financiamiento.
La cantidad de entidades extranjeras de inversión activas en empresas israelíes disminuyó desde 761 en 2021 hasta 406 durante el primer trimestre de 2024.
Algunos inversionistas reconocidos, especializados en empresas en crecimiento, suspendieron o redujeron sus operaciones.
El fondo israelí Qumra, por ejemplo, declaró que no había realizado nuevas inversiones durante 2023 y que se había limitado a respaldar las compañías que ya integraban su cartera.
Del mismo modo, está ampliamente documentado el repliegue generalizado que durante 2023 realizaron grandes fondos internacionales de inversión híbrida, como Tiger Global.
Los inversionistas que permanecieron comenzaron a incorporar expresamente el riesgo en sus cálculos.
Una encuesta realizada entre inversionistas extranjeros reveló que estos no estaban seguros de que “la elevada prima de riesgo de invertir en Israel” se encontrara compensada por las valoraciones vigentes.
El propio Banco de Israel atribuyó la reducción de las valoraciones de las acciones al “aumento de la percepción de riesgo por parte del mercado”.
Esta es la implicación sudafricana desarrollada en la sección 4.2, observada mientras comienza a materializarse.
No se trata de una fuga generalizada, sino de una reevaluación constante: menos proveedores de capital, mayores exigencias de rentabilidad y una prima geopolítica añadida silenciosamente a la tasa de descuento del sector cuyo financiamiento Israel menos puede permitirse encarecer.
Deben formularse dos precisiones, y ambas fortalecen el argumento en lugar de debilitarlo.
En primer lugar, los diferenciales soberanos se han normalizado parcialmente desde el máximo registrado en 2024.
La prima de los contratos de seguro contra el incumplimiento a cinco años disminuyó hasta aproximarse a los 88 puntos básicos en marzo de 2025.
Asimismo, el precio de las nuevas emisiones mejoró durante 2025 y comienzos de 2026. La emisión en dólares de enero de 2026 se colocó con un diferencial promedio ponderado de aproximadamente 102 puntos básicos sobre los bonos del Tesoro estadounidense, cerca de los niveles previos a la guerra.
Esto confirma que este canal responde a la evolución del conflicto y no se encuentra dañado de manera permanente.
Por consiguiente, puede reaccionar favorablemente precisamente ante la clase de recalibración que recomienda este artículo.
En segundo lugar, y de manera aún más importante, los principales indicadores económicos de Israel continúan mostrando fortaleza. Sin embargo, es precisamente en un momento de fortaleza cuando resulta más necesaria la vigilancia.
La economía ha demostrado resiliencia, el mercado bursátil se ha recuperado y el séquel se ha mantenido notablemente firme.
No obstante, estos indicadores agregados ocultan, en lugar de refutar, el desafío estructural que enfrenta el crecimiento futuro.
En particular, la fortaleza de la moneda se debe menos al vigor productivo subyacente que a determinados flujos técnicos.
Las ventas netas, considerables y reiteradas, de monedas extranjeras realizadas por inversionistas institucionales israelíes —fondos de pensiones, fondos de previsión y compañías de seguros— para cubrir la exposición cambiaria de sus crecientes carteras de acciones en el extranjero ascendieron aproximadamente a 13.200 millones de dólares solo durante el cuarto trimestre de 2025 y a cerca de 20.000 millones durante todo ese año.
Estas operaciones se produjeron en un contexto de mejora de la prima de riesgo y de debilitamiento general del dólar.
La actividad de los inversionistas no residentes también ha sido considerable. Su proporción en las operaciones realizadas con el sistema bancario nacional aumentó hasta aproximadamente el 41,5% al cierre de 2025, una presencia compatible con un elevado posicionamiento apalancado.
Sin embargo, los propios datos sobre flujos del Banco de Israel muestran que los no residentes fueron compradores netos de moneda extranjera durante ese trimestre. Por este motivo, las operaciones asociadas al diferencial de tasas deben considerarse una contribución posible, pero no una causa principal documentada.
Una moneda fuerte como resultado de operaciones de cobertura no equivale a una moneda fortalecida por la ampliación de la base productiva.
Del mismo modo, una cifra general de crecimiento sostenida por un sector tecnológico cuyo costo de capital aumenta silenciosamente es precisamente el tipo de indicador tranquilizador que, según los precedentes históricos analizados en este artículo, oculta el ajuste en lugar de eliminarlo.
Finalmente, la percepción de los aliados —la plata y las rentas petroleras de nuestra época— ha experimentado un cambio profundo.
Como se expuso en la sección 4.5, la mayoría de los estadounidenses mantiene actualmente una opinión desfavorable sobre Israel y su Gobierno, mientras las diferencias partidistas y generacionales continúan ampliándose.
Esta erosión no constituye un problema separado. Es el mismo mecanismo de sobreextensión observado en su expresión más tenue y temprana: la opinión pública, antes de que se endurezca y se transforme, como ocurrió en Sudáfrica, en un aumento del precio del capital y en nuevas condiciones para el suministro de recursos.
5.5. El patrón
Al comparar estos indicadores con la Tabla 1, el patrón resulta inequívoco en su forma, aunque su desenlace permanezca abierto:
- compromisos simultáneos en múltiples frentes que continúan ampliándose;
- una base productiva que se estrecha en cuatro ejes al mismo tiempo;
- clases exentas cuya protección constituye la base de la viabilidad de la coalición gobernante;
- un flujo externo condicionado, cuya presión ya ha sido trasladada hacia el interior;
- un aumento del precio del capital que afecta principalmente al sector más productivo;
- una reserva de capital político entre los aliados que continúa erosionándose;
- un detonante financiero que ya ha sido activado;
- y un sistema político estructuralmente incapaz de redistribuir la carga y que, posiblemente, tampoco está dispuesto a reconocer esa incapacidad.
Este es el síndrome de la sobreextensión en sus primeras etapas.
Obliga a establecer la distinción sobre la cual descansa toda la evaluación: la diferencia entre que Israel sea fuerte y que Israel esté seguro.
La fortaleza es la capacidad de proyectar poder. La seguridad es la capacidad de mantener indefinidamente esa fortaleza sin agotar las reservas económicas, sociales y morales de las que depende.
España era fuerte en 1600, pero permaneció insegura durante todo su declive.
La Unión Soviética poseía más vehículos blindados que cualquier otro Estado del mundo y, aun así, se disolvió sin que se disparara un solo tiro contra sus fronteras.
La fortaleza asentada sobre una base insostenible es frágil. Y las estructuras frágiles se rompen repentinamente, nunca en el momento elegido por quienes dependen de ellas.
6. Las condiciones para una corrección voluntaria
Si el síndrome es estructural, la respuesta no puede ser la desesperación, porque el propio marco sitúa la variable decisiva en la capacidad de acción.
Al reunir las enseñanzas de los distintos casos, pueden identificarse seis condiciones previas que determinan si es posible realizar una corrección voluntaria. Estas corresponden directamente a las dimensiones presentadas en la Tabla 1.
La primera condición es el reconocimiento analítico.
La comunidad estratégica —principalmente el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional y el Departamento de Investigación del Banco de Israel— debe expresar la trayectoria del país en términos que permitan a los responsables políticos actuar.
Como advierte el caso soviético, debe hacerlo mediante un cálculo único y consolidado, de modo que un sistema inclinado a no reunir las cifras no pueda mantenerlas silenciosamente separadas.
La segunda condición corresponde a la aritmética de la coalición.
La coalición gobernante actual no puede redistribuir las cargas porque su viabilidad depende de las mismas exenciones que forman parte del problema.
Por consiguiente, una reconfiguración política constituye una condición previa, y el momento en que esta se produzca representa la principal limitación.
Las elecciones generales previstas para la última parte de 2026 podrían ofrecer una oportunidad para resolver este desafío.
La tercera condición es la disposición de los aliados.
La corrección requiere un patrocinador externo dispuesto a recompensar el ajuste, en lugar de castigarlo.
La cuarta es el momento económico.
La recalibración resulta considerablemente más sencilla cuando se realiza desde una posición de fortaleza crediticia, con grado de inversión y un costo del capital todavía asequible, que cuando es impuesta por una crisis.
La quinta condición es la disponibilidad de socios regionales.
Una corrección sostenible requiere socios dispuestos a sustituir parcialmente las garantías externas que disminuyan dentro de determinados componentes de la arquitectura de seguridad.
La sexta condición es la legitimación pública.
La corrección no puede imponerse sobre un electorado que no está dispuesto a aceptarla.
Por consiguiente, la recalibración debe presentarse como una estrategia centrada prioritariamente en la seguridad y no como un proceso impulsado por concesiones. Esta formulación constituye una condición necesaria para construir la coalición que requiere la reforma.
Sin embargo, el análisis por sí solo no puede construir esa coalición.
El electorado al que se debe persuadir tiene una memoria reciente dominada por el trauma. A la luz de esa experiencia, su temor no es paranoia, sino memoria.
7. La orientación de la recalibración
La consecuencia no es una retirada, sino la transformación de Israel: pasar de ser un Estado obligado a imponer unilateralmente cada resultado a integrarse en una arquitectura regional que distribuya la carga.
De acuerdo con el propósito analítico del presente artículo, esta orientación puede formularse brevemente, sin convertirla en un programa detallado.
Se compone de tres elementos interdependientes.
El primero es una resolución del frente norte alcanzada mediante un acuerdo entre las potencias relevantes, en lugar de mantener indefinidamente una intervención unilateral en el sur del Líbano.
Sin un desenlace político, esa intervención representa una guerra de desgaste disfrazada de determinación.
El segundo elemento consiste en contener a Irán mediante un marco regional de seguridad más amplio, construido sobre la base institucional de los Acuerdos de Abraham.
De esta manera, el principal adversario sería contenido colectivamente, en lugar de ser enfrentado únicamente por Israel.
El tercer elemento —y la piedra angular que permitiría avanzar en los dos anteriores— es la creación de un horizonte creíble para la autodeterminación palestina.
Los tres componentes se sostienen o fracasan conjuntamente.
El frente norte no puede resolverse mientras Cisjordania arde. Irán no puede ser contenido mientras los socios necesarios permanecen distanciados. Tampoco puede pedirse a los países de la región que compartan la carga mientras se mantiene clausurada la cuestión que ellos consideran fundamental.
Sin embargo, debe reconocerse que las hostilidades más recientes con Irán y la reanudación del conflicto con Hezbolá no ofrecen perspectivas favorables para esta clase de cooperación regional.
No está claro si el alto el fuego que actualmente se mantiene con Irán, ni si un eventual acuerdo futuro, contribuirán a una recalibración de esta naturaleza.
A pesar de ello, este continúa siendo el camino que debe seguirse.
7.1. Reformular el intercambio
Para que estas propuestas sean políticamente posibles, es necesario realizar dos reformulaciones. Ambas se desprenden directamente del análisis y no de consideraciones sentimentales.
La primera se relaciona con la naturaleza del intercambio.
Durante medio siglo, todas las propuestas de acuerdo con los palestinos se han expresado mediante una única gramática contraproducente: la del “compromiso doloroso”.
El acuerdo siempre fue presentado como algo que los israelíes —y principalmente los israelíes judíos— debían sufrir: entregar territorio, asumir riesgos y aceptar concesiones a cambio de una promesa de paz cuyo cumplimiento quedaba en manos de otra parte.
Dentro de este marco, la paz era la recompensa y el dolor era el precio. Ese precio recaía completamente sobre un solo lado de las cuentas.
Esta formulación siempre fue inadecuada. No porque los compromisos nunca sean necesarios, sino porque ninguna nación —y mucho menos una nación traumatizada— votará deliberadamente a favor de infligirse dolor sobre la base de la buena voluntad de un adversario.
Una gramática basada en el sufrimiento autoinfligido no puede construir una mayoría nacional, y no lo ha hecho.
Por el contrario, ha entregado a los opositores de cualquier acuerdo su argumento más poderoso, al permitirles presentar cada iniciativa como una herida aceptada voluntariamente.
La expresión “territorio a cambio de paz” representa la forma más concentrada de este error: una concesión extraída desde la debilidad, mediante la cual se entrega territorio a cambio de una promesa de buena voluntad.
Esta formulación debe abandonarse porque es estratégicamente falsa y políticamente fatal.
Una recalibración realizada desde la fortaleza no constituye una concesión. Es la utilización de una posición sólida para obtener un mayor beneficio mientras esa posición continúa siendo fuerte.
Formulado correctamente, un horizonte palestino creíble no es una herida que Israel acepta sufrir. Es la condición estratégica previa que permitiría desbloquear la cooperación regional, detener la erosión de su posición internacional, liberar a su base productiva cada vez más estrecha de un costo fijo permanente y reducir el mismo costo del capital que, como demostró la sección anterior, se encuentra en aumento.
No se trata de intercambiar dolor por paz.
Es el camino menos costoso hacia la seguridad, elegido desde una posición de fortaleza en lugar de ser impuesto por una crisis.
Expresado de la manera más sencilla, es el intercambio que realiza un Estado fuerte desde su propia fortaleza para continuar siendo fuerte.
Un Estado no está definido por las cartas que recibe, sino por la manera en que decide jugar su mano.
7.2. Enfrentar el temor
La segunda reformulación se relaciona con el temor.
El análisis no debe evitar esta cuestión, porque una recalibración que no considere al país que realmente existe no constituye una estrategia, sino un deseo.
La resistencia israelí a contemplar estas posibilidades no surge de la estupidez ni de la ingenuidad. Es la respuesta racional de una sociedad que ha enterrado a sus muertos, ha permanecido en refugios junto a sus hijos y ha observado cómo la gestión del conflicto fracasaba de manera catastrófica.
A la luz de esa experiencia, el temor es memoria.
La respuesta a ese temor no puede consistir en solicitar que se confíe en la buena voluntad de un vecino. Un llamado de esa naturaleza merecería fracasar y, efectivamente, fracasaría.
La respuesta es una arquitectura institucional.
Una paz segura no es confianza: es una arquitectura verificada, aplicada y respaldada.
Para resultar creíble ante una sociedad israelí traumatizada, el horizonte palestino debe contar con garantías de seguridad respaldadas expresamente por los socios regionales: Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Jordania.
Los intereses estratégicos de estos países se encuentran actualmente alineados contra la reaparición, dentro de esos territorios, de organizaciones vinculadas al eje iraní.
El temor de que el próximo Gobierno establecido en Ramala o en la ciudad de Gaza pueda convertirse en un nuevo Hamás es un temor racional.
No debe responderse mediante promesas de buena voluntad, sino mediante una arquitectura que convierta un desenlace diferente en la alternativa menos costosa para todos los actores externos cuyas decisiones resultan importantes.
No buena voluntad.
Arquitectura.
7.3. La ironía estratégica y el desafío político que plantea
Queda una última observación incómoda. Esta convierte el argumento completo en una paradoja que el análisis no puede omitir responsablemente.
Dentro de la política israelí, el respaldo a un horizonte basado en dos Estados no solo ha disminuido, sino que prácticamente ha desaparecido.
La ventana de Overton se ha desplazado hasta tal punto que actualmente resulta más aceptable que un ministro defienda la “emigración voluntaria” a que un dirigente de la oposición sostenga que una paz segura favorece los intereses estratégicos de Israel.
Sin embargo, en el ámbito internacional, la situación es exactamente inversa.
La misma reserva de simpatía de los aliados que este artículo identifica como la plata menguante de la posición estratégica israelí continúa considerando que un avance creíble hacia una solución de dos Estados es el instrumento más poderoso disponible para detener la disminución del apoyo y recuperar la disposición favorable tanto de los aliados como de los mercados de capitales.
Los datos publicados, presentados en la sección 4.5, permiten identificar esta paradoja. La investigación encargada por el autor ayuda a resolverla.
Por una parte, las principales series estadísticas registran actualmente dos tendencias que avanzan rápidamente en direcciones opuestas.
En 2025, una mayoría de los estadounidenses —aproximadamente el 55%, incluidos cerca de tres cuartos de los demócratas— respaldaba la creación de un Estado palestino junto a Israel.
Al mismo tiempo, la valoración favorable de Israel cayó hasta el 37%, mientras que el 60% de los estadounidenses manifestó una opinión desfavorable.
El cambio estructuralmente decisivo es que, en ambos partidos, la mayoría de los adultos menores de 50 años evalúa negativamente a Israel.
Analizados por separado, estos son solamente dos hechos situados en una relación incómoda. Lo que permite conectarlos es la existencia de evidencia directa sobre la capacidad de influencia de las distintas alternativas políticas.
El análisis conjunto encargado por el autor se dirigió específicamente al segmento “recuperable” de la opinión pública estadounidense: aquellas personas cuya percepción de Israel empeoró durante el año anterior, pero que continúan abiertas a modificarla.
Los resultados permiten identificar con precisión el mecanismo.
De todos los atributos examinados, la dimensión relacionada con el desenlace del conflicto fue la predominante y explicó aproximadamente la mitad —cerca del 53%— de las variaciones en la valoración favorable.
Dentro de esta dimensión, un acuerdo creíble de dos Estados con los palestinos produjo, por un margen considerable, el mayor efecto positivo. La ausencia de cualquier acuerdo, en cambio, produjo el efecto más débil.
Las encuestas publicadas muestran los niveles generales, así como la velocidad y amplitud de su deterioro.
El análisis conjunto encargado por el autor demuestra que, entre los electores que Israel todavía puede recuperar, un acuerdo con los palestinos no constituye simplemente uno de muchos factores. Es el principal componente capaz de invertir la curva y transformar el deterioro en una recuperación del respaldo.
La urgencia aumenta debido a la demografía.
La generación en la que la valoración favorable disminuye con mayor intensidad —los menores de 50 años de ambos partidos— es la misma que conformará el electorado estadounidense durante las décadas en las que deberá mantenerse la recalibración descrita en este artículo.
La ironía es, por tanto, exacta y estructural, no meramente retórica.
El instrumento que la política interna israelí prácticamente ha descartado es precisamente aquel que más valora el entorno internacional: el mismo entorno que determina el precio de la deuda israelí, suministra sus municiones y respalda su posición en el mundo.
Sin embargo, identificar la ironía no equivale a resolverla. La honestidad intelectual exige reconocer el desafío político que plantea.
La capacidad de influencia existe en el exterior, pero el poder de veto se encuentra en el interior.
Un Gobierno no puede utilizar un instrumento que su propio electorado ha sido persuadido de considerar una traición.
Como sostiene la sección 7.2, el escepticismo de la sociedad israelí no es irracional, sino que ha sido adquirido mediante su propia experiencia.
La tarea no consiste en aleccionar a esa sociedad ni en pretender que su temor desaparezca. Consiste en modificar la forma en que se comprende el intercambio.
Dentro del debate político israelí, un horizonte palestino debe reformularse no como una concesión arrancada desde la debilidad ni como un sufrimiento aceptado voluntariamente, sino como una arquitectura verificada, aplicada y respaldada por potencias regionales cuyos intereses están alineados.
Esta arquitectura debe responder simultáneamente al temor y recuperar la plata, es decir, restaurar la reserva de respaldo internacional de la cual depende parcialmente la posición estratégica de Israel.
Esta reformulación es la condición previa necesaria para poder utilizar la influencia existente en el ámbito internacional.
En última instancia, se trata de un problema de persuasión antes que de un problema de políticas públicas.
Sin embargo, es un problema que tiene solución, algo que la aritmética de la sobreextensión no suele ofrecer.
8. Conclusión: la capacidad de acción dentro de la aritmética
Aplicado con la debida prudencia, el marco de Kennedy no pronostica el colapso de Israel.
Identifica un síndrome estructural cuyas primeras señales ya están presentes y cuya ventana de corrección, de acuerdo con los antecedentes históricos, tiende a cerrarse con mayor rapidez de la que creen los gobernantes.
Esa ventana puede cerrarse todavía más rápidamente cuando un sistema político está organizado para no examinar precisamente las cuentas que podrían advertirle sobre el peligro.
La variable decisiva no es, por tanto, la fortaleza, sino la sostenibilidad de esa fortaleza.
La decisión fundamental consiste en determinar si la corrección se realizará voluntariamente, desde una posición sólida, o si será impuesta por una crisis en condiciones que el país ya no podrá controlar.
Sería sencillo presentar todo esto como una tarea imposible. Por esta razón, conviene concluir con un precedente que no pertenece a España, Rusia ni al país de nacimiento del autor, sino al propio Israel.
En 1973, la abrumadora mayoría de los israelíes dudaba de que Egipto tuviera algún interés en alcanzar la paz.
En 1977, después de que Anwar el-Sadat viajara a Jerusalén, esa mayoría había cambiado.
En 1979 se firmó un tratado que ha resistido todas las tormentas posteriores.
Aquello que parecía impensable se volvió inevitable en el transcurso de unos pocos años.
No ocurrió porque fuera sencillo ni porque los peligros fueran imaginarios, sino porque los dirigentes encontraron el valor para actuar desde una posición de fortaleza, en lugar de esperar una catástrofe.
Es en ese punto donde la aritmética cede ante la capacidad de acción.
Un Estado no está definido por las cartas que recibe, sino por la manera en que decide jugar su mano.
La aritmética de la sobreextensión es implacable con quienes esperan demasiado. Sin embargo, la ventana todavía no se ha cerrado y la decisión continúa en manos de Israel.
Nota
Los resultados del análisis conjunto presentados en este artículo proceden de una encuesta encargada por el autor.
Se trató de una medición representativa a nivel nacional entre votantes registrados de Estados Unidos, con una muestra de 3.001 personas. El trabajo de campo se realizó entre el 29 de mayo y el 2 de junio de 2026.
Esta encuesta no será publicada. Sus resultados se presentan como una medición orientativa de la influencia relativa de distintos factores entre los electores disputados o “recuperables”.
Este grupo se define como aquellas personas cuya opinión sobre Israel empeoró durante el año anterior, pero que aún permanecen abiertas a modificarla.
Por consiguiente, los resultados no deben interpretarse como una estimación aplicable al conjunto de la población.
Las series publicadas por Gallup y el Pew Research Center se citan de manera separada para establecer los niveles generales subyacentes.
Estas encuestas miden como elementos distintos las actitudes hacia una solución de dos Estados y la valoración de Israel. No presentan por sí mismas una relación condicional directa entre ambas variables.
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Fuente: INSD
