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Discurso del Subsecretario de Guerra para Asuntos de Política, Elbridge Colby, en la Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas, celebrada en Cusco, Perú

Versión preparada para su lectura
8 de julio de 2026
Publicada originalmente en: https://www.war.gov/News/Speeches/Speech/Article/4538114/remarks-by-under-secretary-of-war-for-policy-elbridge-colby-at-the-conference-o/

Muchas gracias y muy buenos días.

Es un gran honor acompañarlos hoy, en representación del Secretario de Guerra, Pete Hegseth, y del Departamento de Guerra de los Estados Unidos.

Permítanme comenzar agradeciendo al ministro Flores y a la República del Perú por ser anfitriones de la XVII Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas en esta hermosa y ancestral ciudad de Cusco. Esta conferencia constituye una importante oportunidad para dialogar con los ministros de Defensa de todo el Hemisferio Occidental, una región prioritaria para la Administración Trump.

La situación que enfrentamos en este hemisferio se ha transformado profundamente desde que esta conferencia se reunió por primera vez, en 1995, en Williamsburg. El año 1995 marcó el apogeo del llamado «momento unipolar». Durante ese período, la estrategia estadounidense y occidental, así como las percepciones que la sustentaban, estuvieron determinadas por abstracciones sumamente aspiracionales. Existía la esperanza, ampliamente compartida y sinceramente asumida, de que habíamos llegado al «fin de la historia». Los desafíos serios para nuestros intereses parecían remotos. No parecía existir una alternativa creíble al neoliberalismo y a la democracia. La política exterior consistía, en gran medida, en contener los últimos focos de resistencia frente a estas ideologías ascendentes.

Como consecuencia, una perspectiva realista, basada en la geografía y en los intereses nacionales, quedó relegada frente al internacionalismo liberal y al denominado «orden internacional basado en reglas». Concentrarnos en nuestro propio vecindario mediante una estrategia real, que tomara en consideración el poder duro, parecía innecesario e incluso impropio.

Tres décadas después, nos guste o no, aquella era ha quedado muy atrás.

El presidente Trump enfrentó directamente esa realidad durante su primer mandato. Por primera vez en más de una generación, rechazó pública y firmemente la idea de que las fronteras fueran cosa del pasado, que el comercio irrestricto constituyera el destino inevitable de la economía, que el narcoterrorismo fuera una condición ineludible y que la rivalidad geopolítica estuviera obsoleta. Estos principios quedaron claramente expuestos en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 y en la Estrategia de Defensa Nacional de 2018.

Durante su segundo mandato, el presidente Trump y su Administración están impulsando decididamente esta agenda, no solo reconociendo esas realidades, sino también reformulando activamente la estrategia de los Estados Unidos y de nuestros aliados para hacerles frente. Como dejan claro la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional de 2026, los Estados Unidos, bajo el liderazgo visionario del presidente Trump, se guiarán por un realismo flexible que priorice nuestros intereses nacionales más vitales. Observarán el mundo tal como es, como exige toda buena estrategia, y actuarán en consecuencia para servir a los intereses concretos y prácticos del pueblo estadounidense.

Como resulta evidente para todos, esto supone un cambio fundamental en nuestro enfoque hacia el Hemisferio Occidental.

Durante la última generación, el propio hemisferio en el que se encuentra nuestro país ha sido, hablando con franqueza, una zona secundaria dentro del imaginario estratégico estadounidense. Esto fue consecuencia de la mentalidad propia del momento unipolar. Durante ese período, los dirigentes estadounidenses estuvieron más que dispuestos a emplear los recursos y el poder de los Estados Unidos, así como a arriesgar las vidas de nuestros militares, intentando pacificar regiones lejanas, muy distantes de nuestras costas. En cierto modo, concentrar nuestra estrategia, y especialmente nuestras Fuerzas Armadas, en el Hemisferio Occidental y en los problemas que enfrentamos aquí parecía, para muchos bienpensantes, algo vulgar e indigno de nuestras instituciones militares. Para aquellos mandarines de la élite liberal global, enfrentar el avance de las drogas, la migración sin control y la criminalidad desenfrenada era, en el mejor de los casos, inapropiado y, en el peor, improcedente.

Todavía puede detectarse esa sensibilidad en gran parte de los comentarios que critican a nuestra Administración y su énfasis en el Hemisferio Occidental. Muchas de esas voces preferirían regresar a aquel enfoque fallido. Sin embargo, esa supuesta negligencia benigna terminó convirtiéndose, en la práctica, en una negligencia perjudicial.

Los hechos hablan por sí solos. En las últimas décadas, el flagelo del narcoterrorismo en América Latina se agravó considerablemente. Una cantidad récord de ciudadanos estadounidenses y de sus propios países, cientos de miles, si no millones en total, murieron a causa de drogas letales y de la violencia narcoterrorista. Los regímenes de extrema izquierda que facilitan las actividades de los narcoterroristas se multiplicaron en nuestro hemisferio, desde la Venezuela de Maduro hasta la Nicaragua de Ortega y la Bolivia de Evo Morales. Esos mismos gobiernos y sus aliados regionales favorecieron una migración masiva sin control al fracasar dentro de sus propios países y exportar posteriormente ese fracaso hacia el nuestro. Esto provocó la peor crisis fronteriza en la historia de los Estados Unidos y desestabilizó a muchas de nuestras sociedades.

En las últimas décadas, cientos de miles de estadounidenses, o quizá más, han muerto a causa de las drogas provenientes del sur y de la delincuencia asociada a ese tráfico pernicioso. La cifra total de fallecidos es comparable, e incluso podría superar, el costo de las guerras más sangrientas de los Estados Unidos, incluida nuestra Guerra Civil.

Por consiguiente, bajo el liderazgo del presidente Trump, observamos el Hemisferio Occidental desde una perspectiva diferente. Lo analizamos mediante el realismo flexible, el principio de «Estados Unidos Primero» y el sentido común. Desde esta perspectiva, el Hemisferio Occidental, y especialmente las regiones vecinas de América Central, el Caribe y el norte de América del Sur, son fundamentales para garantizar la seguridad del territorio estadounidense y, por consiguiente, la seguridad y la prosperidad de los ciudadanos estadounidenses comunes.

Esto representa la esencia misma del sentido común. Ya no separamos la estrategia de defensa de los Estados Unidos de las preocupaciones de los ciudadanos estadounidenses, como la avalancha de drogas letales hacia sus comunidades, la terrible violencia que las acompaña o las consecuencias de la migración ilegal sin control hacia nuestra nación. Hacer frente a estas amenazas para los ciudadanos estadounidenses fue una de las razones por las cuales el presidente Trump resultó elegido, pese a la intensa resistencia del establishment de nuestro país. Y estamos cumpliendo ese mandato.

En la práctica, esto significa que toda la Administración, incluido de manera muy destacada el Departamento de Guerra, está concentrada en estas preocupaciones y, por consiguiente, en el Hemisferio Occidental. Este enfoque general ha sido expuesto elocuentemente por el presidente Trump y el secretario Rubio durante la iniciativa Escudo de las Américas, así como por el secretario Hegseth y el asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller en la Conferencia de las Américas contra los Cárteles, conocida por nosotros como la «Triple C». El Departamento de Guerra se enorgullece de desempeñar un papel fundamental en este esfuerzo.

Para ser claros, no se trata de una situación en la que, para quien tiene un martillo, todo parezca un clavo. El papel del Departamento de Guerra forma parte de un esfuerzo integrado de todo el Gobierno, que incluye una colaboración activa con nuestros socios de toda la región.

Al mismo tiempo, esto constituye una señal de que los recursos de defensa nacional de los Estados Unidos participarán efectivamente en la respuesta frente a estas amenazas letales para nuestros ciudadanos. No trataremos con guantes de seda a quienes constituyen el ISIS o Al Qaeda de este hemisferio y amenazan las vidas de los estadounidenses, en lugar de aplicar la firmeza que exige la amenaza, únicamente porque se encuentran en el Hemisferio Occidental y no en el Oriental.

Por el contrario, emplearemos todos los recursos de los Estados Unidos para hacer frente a estas amenazas, incluidas nuestras Fuerzas Armadas. Esto ha quedado ampliamente demostrado mediante la Operación Lanza del Sur, en la que el Departamento de Guerra ha pasado a la ofensiva contra las amenazas narcoterroristas, no para sustituir otros esfuerzos, sino precisamente para reforzarlos.

La solución duradera a estas amenazas no surgirá exclusiva, ni siquiera principalmente, del poder militar estadounidense. Exigirá una estrecha colaboración con nuestros socios, así como esfuerzos interinstitucionales dentro de nuestro Gobierno.

Sin embargo, nuestra fuerza militar ayudará a facilitar, proteger e impulsar esos esfuerzos. Por esta razón, consideramos que las operaciones cinéticas conjuntas, dirigidas por nuestros socios y realizadas junto con sus fuerzas militares, constituyen multiplicadores de fuerza. Estas operaciones ayudan a generar las condiciones necesarias para que otras instituciones del Gobierno de los Estados Unidos y, más importante aún, sus propios gobiernos puedan actuar y encontrar soluciones a los profundos problemas sistémicos que enfrentan ustedes y nuestra región en su conjunto.

La prueba del éxito y del atractivo de este enfoque se encuentra precisamente en el hecho de que recibimos regularmente mensajes de nuestros socios de todo el hemisferio, incluidos muchos de ustedes, acerca de la importancia y la buena acogida que han tenido nuestros mayores esfuerzos militares.

Considero que todo esto resulta muy claro para ustedes. Sin embargo, quisiera destacar dos aspectos fundamentales adicionales.

En primer lugar, los esfuerzos del Departamento de Guerra en el Hemisferio Occidental forman parte de una estrategia geopolítica y de defensa más amplia, que intentaré exponer en términos generales.

En segundo lugar, y esto es fundamental para todos ustedes, sostenemos que el éxito de esta estrategia y de sus componentes defensivos también responde a sus propios intereses. Permítanme intentar explicarles por qué estos esfuerzos de los Estados Unidos no representan una imposición sobre sus países, sino, por el contrario, una invitación y una oportunidad para ustedes y para toda la región.

Permítanme explicarlo.

En primer lugar, el incremento y la continuidad de las actividades del Departamento de Guerra en este hemisferio forman parte de una estrategia geopolítica y de defensa más amplia.

Denominamos a esta estrategia el «Corolario Trump de la Doctrina Monroe» o, quizá de manera más memorable, la «Doctrina Donroe». Tal como se establece en la Estrategia de Seguridad Nacional y en la Estrategia de Defensa Nacional, este Corolario Trump declara que los Estados Unidos «protegerán nuestro territorio nacional y nuestro acceso a posiciones estratégicas fundamentales en toda la región. Impediremos que nuestros adversarios puedan desplegar fuerzas u otras capacidades amenazantes en nuestro hemisferio».

Este Corolario tiene sus raíces en la histórica Doctrina Monroe. Reconozco que la Doctrina Monroe ha sido objeto de controversia en América Latina y que suele ser señalada como una de las supuestas responsables de los problemas de la región.

Por supuesto, rechazamos esa interpretación. No obstante, también diferenciamos nuestras declaraciones y nuestras acciones de aquella caricatura. Asociamos nuestros esfuerzos con lo que podríamos considerar una comprensión adecuada de la Doctrina Monroe. Esta comprensión no corresponde a su versión distorsionada. Por el contrario, la Doctrina Monroe correctamente entendida consiste precisamente en fortalecer, facilitar y respaldar la independencia, la seguridad y la prosperidad de las naciones latinoamericanas y caribeñas.

Regresemos a sus orígenes. Cuando el presidente Monroe y el secretario de Estado John Quincy Adams proclamaron la Doctrina en 1823, resultaba evidente cuál era su propósito: impedir que los Estados europeos volvieran a subordinar a las naciones latinoamericanas que acababan de conquistar su independencia.

Después de la derrota de Napoleón, la Doctrina buscaba impedir que España, Portugal, Francia y otras potencias hicieran retroceder el curso de la historia y revirtieran los heroicos procesos independentistas de América Latina, desde Santander en Colombia y Páez en Venezuela, hasta Hidalgo en el norte, y Bonifacio y San Martín en el sur.

Es importante señalar que, en aquel momento, los Estados Unidos no poseían el poder militar necesario para respaldar esa política. En la práctica, la estrategia estadounidense consistía en beneficiarse del poder de la Marina Real británica para impedir que Francia, España o Portugal recuperaran los territorios que habían perdido. Por lo tanto, sabemos reconocer a quienes se benefician gratuitamente de los esfuerzos ajenos: ¡nosotros fuimos los maestros originales de esa práctica!

Sin embargo, con el paso del tiempo, a medida que los Estados Unidos ampliaron su territorio, fortalecieron su poder nacional y, finalmente, desarrollaron su capacidad militar, comenzaron a asumir el papel de garantes de la Doctrina Monroe.

Al término de nuestra Guerra Civil, cuando Napoleón III intentó instalar un monarca extranjero en México, los Estados Unidos respaldaron a los rebeldes que buscaban derrocar a Maximiliano I, al tiempo que movilizaban a sus fuerzas, curtidas en combate, hacia la frontera.

Además, nuestro último enfrentamiento verdaderamente peligroso con Gran Bretaña, cuando estuvimos cerca de llegar a las armas, se produjo durante la década de 1890, cuando aplicamos la Doctrina Monroe para garantizar un arbitraje internacional pacífico en relación con los territorios que posteriormente constituirían las fronteras soberanas de Venezuela y Guyana.

Durante la Segunda Guerra Mundial, las poderosas fuerzas militares estadounidenses impidieron la penetración de las potencias del Eje en América Latina. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos apoyaron a quienes, dentro de la región, se opusieron a la imposición del marxismo-leninismo, cuyos efectos perjudiciales pueden observarse claramente en la Cuba comunista, situada a menos de 100 millas de nuestras costas.

Por esta razón, históricamente, los países latinoamericanos comprendieron con frecuencia que el papel de los Estados Unidos consistía en facilitar, y no en reprimir, su independencia. Durante la visita de Estado que realizó al Perú, hace más de un siglo, el gran estadista estadounidense Elihu Root, asesor fundamental del presidente Theodore Roosevelt, quien condujo por primera vez a los Estados Unidos hacia el escenario mundial, un presidente peruano afirmó con gratitud que los Estados Unidos:

«Nos fortalecieron desde los primeros días de nuestra vida independiente mediante la salvaguarda que la admirable previsión de otro gran estadista de su país estableció alrededor del suelo americano».

Aquel dirigente peruano no fue el único. Su ministro de Relaciones Exteriores afirmó ante el secretario Root que la Doctrina Monroe constituía «una puerta infranqueable hacia una América libre e inconquistable».

En otras partes de la región, un estadista brasileño le manifestó que «es necesario que triunfe la Doctrina Monroe», mientras que un célebre general argentino declaró que «la proclamación de aquel presidente estadounidense fue el acto culminante de aquella gran epopeya, un testimonio de honor».

No estoy afirmando que nuestro historial sea perfecto. Sería absurdo hacerlo. Sin embargo, la perfección no constituye un estándar razonable para ninguna persona sensata en materia de política internacional, y estamos dispuestos a comparar nuestro historial con el de cualquier otra potencia.

Lo que afirmo es que la mejor tradición de la Doctrina Monroe consiste en proteger nuestra propia seguridad y nuestros intereses mediante el fortalecimiento y el apoyo a las naciones latinoamericanas. Esa es la tradición de la Doctrina Monroe sobre la cual hemos construido el Corolario Trump. Esto es fundamental para comprender aquello que diferencia nuestro enfoque.

Permítanme explicar ahora por qué este enfoque es compatible, en términos prácticos, con el éxito de sus países. No intentaré hacerlo inundándolos con retórica florida ni presentando a los Estados Unidos como una especie de benefactor kantiano. Eso no sería creíble ni apropiado.

La responsabilidad de quienes formamos parte del Gobierno estadounidense consiste en servir a los intereses de los ciudadanos de nuestro país. Debemos hacerlo de manera ilustrada y moral, ciertamente, pero priorizando los intereses de nuestro pueblo, del mismo modo en que ustedes actúan, y deben actuar, en favor de los suyos.

Por consiguiente, presentaré este argumento desde la perspectiva de la franqueza y del realismo respecto de nuestros propios intereses y de los de ustedes. Ese es uno de los rasgos distintivos de la Administración del presidente Trump. Nos relacionamos con nuestros interlocutores desde una posición de honestidad y claridad, lo que consideramos una forma de respeto.

La cortesía y una buena dosis de decoro son, sin duda, virtudes positivas. Sin embargo, durante la última generación, las cosas fueron demasiado lejos. Nuestra retórica llegó a separarse radicalmente de la realidad de nuestros intereses. Hablábamos sobre el destino de personas ubicadas al otro lado del mundo como si fueran tan importantes para nosotros como nuestros propios vecinos.

Es evidente que pensar y actuar de esa manera no ayudó a nuestros aliados ni a nuestros vecinos. Afortunadamente, bajo el liderazgo del presidente Trump, esta situación ha cambiado, y no tenemos reparos en reconocerlo.

Con ese mismo espíritu, consideramos que los buenos amigos deben ser honestos entre sí. Esa es la forma en que me dirijo hoy a ustedes.

En este sentido, mi argumento es que el interés propio ilustrado de los Estados Unidos respecto de sus países no consiste en explotarlos, subordinarlos ni volverlos dependientes. Por el contrario, nuestro interés, expresado mediante el Corolario Trump de la Doctrina Monroe, reside precisamente en su éxito, en una mayor prosperidad, seguridad y estabilidad para ustedes como sociedades libres.

¿Por qué?

Para hablar con absoluta franqueza, los Estados Unidos no necesitan sus recursos ni su dependencia. La realidad es que los Estados Unidos son un país enorme, con diferencia el Estado más poderoso del mundo, poseedor del mercado más grande y dinámico, de la economía más productiva, de la moneda dominante, de extraordinarias reservas de materias primas y de estrechas relaciones económicas y de seguridad en todo el planeta.

La consecuencia de todo esto es que no necesitamos posesiones imperiales ni Estados dependientes, incluso desde una perspectiva estrictamente basada en la realpolitik.

Esto diferencia a los Estados Unidos de la mayoría de los imperios históricos. La Inglaterra de comienzos de la Edad Moderna ocupaba una parte de una pequeña isla situada en el extremo noroccidental de Europa. Necesitaba posesiones imperiales y territorios dependientes para convertirse en una gran potencia.

De hecho, acabamos de celebrar 250 años de nuestra independencia, que estuvo motivada, en buena medida, por la determinación de nuestros antepasados de no convertirse en una dependencia de Inglaterra y de su hegemonía económica.

Del mismo modo, el Portugal de comienzos de la Edad Moderna era un pequeño Estado situado en la costa occidental de la península ibérica. También necesitaba colonias y territorios dependientes para convertirse en una gran potencia.

Nosotros somos completamente diferentes. Ya constituimos, como afirmaron nuestros fundadores, un imperio de libertad en nosotros mismos.

Lo digo con orgullo, desde luego, pero no con arrogancia. Lo señalo para proporcionarles una base creíble para lo que estoy a punto de afirmar.

Además, somos sus vecinos. Las antiguas potencias imperiales de la región no lo eran. Por consiguiente, aquellas potencias extrarregionales carecían del profundo y permanente interés que nosotros poseemos en la seguridad, estabilidad y prosperidad de sus países a largo plazo. A diferencia de ellas, tenemos un interés directo y duradero en que a ustedes les vaya bien.

Por estas razones, nuestro principal interés reside en el éxito de sus países.

Vivimos en el mismo vecindario. Por lo tanto, las decisiones que ustedes adopten en materia de seguridad y defensa afectan directamente a los Estados Unidos. En particular, nos vemos afectados por las consecuencias negativas que se originan en la región y se proyectan hacia nuestro país.

Nuestros ciudadanos están muriendo en grandes cantidades a causa de las drogas que ingresan a nuestro territorio y de la delincuencia que las acompaña. Nuestra sociedad ha sufrido graves perjuicios y alteraciones como consecuencia de la migración ilegal masiva. Y no necesito recordarles hasta qué punto estas mismas circunstancias también han perjudicado a sus propias sociedades.

Por consiguiente, nuestro principal interés en la región consiste en mitigar y enfrentar estas amenazas. Una parte fundamental de este objetivo es asegurar nuestra frontera y revertir las desastrosas políticas migratorias del pasado. También resulta esencial combatir los precursores del fentanilo y otras drogas letales, así como debilitar la amenaza narcoterrorista que obtiene beneficios económicos a costa de matar estadounidenses.

Sin embargo, como ha señalado el secretario Hegseth, nuestras fronteras deben constituir la última línea de defensa del territorio nacional, no la primera.

También reconocemos que la única forma duradera de resolver estos problemas consiste en que sus países mejoren. Únicamente si sus naciones crecen, prosperan y alcanzan mayores niveles de seguridad y estabilidad, el narcotráfico resultará menos atractivo, la delincuencia será menos frecuente y las personas estarán más dispuestas a permanecer en sus países de origen.

Esto demuestra claramente que nuestro interés reside en su éxito.

Ahora bien, permítanme ser claro. Esto ya se ha dicho anteriormente, pero generalmente por quienes promovían una especie de visión del «Cuerpo de Paz» para la política estadounidense hacia América Latina o un enfoque basado en las «causas profundas», según el cual bastaría con aumentar el gasto para corregir las consecuencias de las malas políticas.

Esas políticas fracasaron, en gran medida, porque quienes las promovían también consideraban a sus países como dependientes, como receptores de ayudas estadounidenses, en lugar de tratarlos como socios capaces y obligados a asumir la responsabilidad por su propia seguridad y desarrollo.

Nosotros ofrecemos una alternativa más realista y fortalecedora. Una alternativa que no contrapone la defensa al desarrollo, como hacían los enfoques del pasado, sino que reconoce que la defensa constituye un requisito básico para el desarrollo económico nacional.

El Departamento de Guerra desempeña un papel fundamental en este ámbito. Nuestro Gobierno no se limita a ofrecer oportunidades de colaboración comercial y reuniones diplomáticas, por importantes que estas sean. Estamos reorientando nuestro aparato militar y de seguridad para ayudarlos a proporcionar mayor seguridad, estabilidad y, en última instancia, desarrollo a sus países.

Buscamos que ustedes tengan éxito en la tarea de proteger nuestro vecindario. Este enfoque, basado en intereses concretos, constituye un fundamento más duradero para nuestra colaboración y para una presencia estadounidense permanente.

Esto significa que estamos aquí para ofrecer una mano amiga que les permita recuperar el control de sus territorios, proteger sus fronteras de manera coherente con nuestros propios esfuerzos fronterizos, desmantelar y derrotar a los narcoterroristas que aterrorizan a nuestros pueblos, y fortalecer su soberanía y estabilidad. Todos estos elementos son condiciones fundamentales para alcanzar una mayor prosperidad.

Sin embargo, como hemos aprendido a través de duras experiencias en distintas partes del mundo, esto solo funcionará si ustedes demuestran la voluntad política, la claridad y la seriedad necesarias para alcanzar el éxito.

Este enfoque exige que empleen una fuerza efectiva y medidas gubernamentales concretas para desmantelar las organizaciones narcoterroristas y asegurar sus fronteras. No solo porque esto contribuya a la seguridad pública, sino porque les permitirá optimizar recursos limitados y crear las condiciones necesarias para la seguridad y la prosperidad.

Esto puede y debe incluir una mayor cooperación con las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos cuando sea necesario. No obstante, también aspiramos a que estas operaciones sean dirigidas por ustedes, mediante capacidades reforzadas que los ayudaremos a obtener y dominar.

En segundo lugar, los instamos a proteger sus activos estratégicos. La protección de esos activos constituye una cuestión de defensa nacional. Se trata de asuntos que involucran, y deben involucrar, a ustedes como autoridades de defensa, aunque será necesaria su iniciativa para demostrarlo dentro de sus respectivos países.

Esto no solo constituye una condición previa para la inversión y el desarrollo, aunque efectivamente lo es. También representa la contribución de sus países a la preservación de una paz duradera.

Mientras los Estados Unidos colaboran con aliados y socios de todo el mundo para garantizar equilibrios de poder favorables en las regiones más importantes del planeta, no les pediremos que proyecten poder fuera de este hemisferio. Lo único que solicitamos es que trabajen con nosotros para impedir que cualquier actor pueda apropiarse y explotar activos estratégicos fundamentales dentro del Hemisferio Occidental.

En tercer y último lugar, resulta fundamental que inviertan más en su propia defensa. No existe ninguna razón para que un país, especialmente uno que enfrenta amenazas narcoterroristas significativas, destine tan pocos recursos a la defensa.

De hecho, algunos países gastan menos del uno por ciento de su producto interno bruto en defensa nacional. Esto contradice el sentido común, y nosotros estamos mostrando el camino bajo el liderazgo del presidente Trump y del secretario Hegseth.

Mientras tanto, nuestros aliados de distintas partes del mundo, incluidos los europeos, están avanzando hacia niveles de gasto significativamente superiores: un 3,5 % en gastos militares esenciales y un 1,5 % adicional en inversiones relacionadas con la seguridad.

Esto también es posible en esta región. Consideremos el caso del Perú, que acaba de realizar una de las mayores adquisiciones de aviones F-16 del mundo. La compra de estas aeronaves no constituye únicamente una inversión en la defensa del Perú, sino también un paso importante para alinearse con la industria de defensa estadounidense, lo que generará inversiones y actividad económica en ambos países.

Este es un modelo para nuestro hemisferio.

Permítanme concluir afirmando que el Corolario Trump de la Doctrina Monroe ofrece un modelo para la defensa y la prosperidad hemisféricas. Implica el restablecimiento de unos Estados Unidos fuertes dentro de nuestro hemisferio, pero también constituye una invitación dirigida a socios fuertes, confiables y eficaces que se tomen seriamente su propia defensa.

Se trata de un enfoque realista, basado en la coincidencia entre nuestros intereses razonablemente concebidos y los de ustedes, así como en la determinación de perseguirlos.

Hace poco más de una década, un secretario de Estado estadounidense declaró con orgullo que la Doctrina Monroe había «terminado». En la práctica, ese enfoque implicó que los Estados Unidos ignoraran los desafíos reales de nuestro propio vecindario y descuidaran la defensa de nuestro territorio nacional.

El resultado no fue un hemisferio fuerte, compuesto por naciones más sólidas. En realidad, ocurrió exactamente lo contrario.

Bajo el liderazgo del presidente Trump y mediante el Corolario Trump de la Doctrina Monroe, estamos adoptando un enfoque diferente y mejor. Un enfoque que no solo es mejor para los ciudadanos estadounidenses, sino también para ustedes.

Juntos, disponemos de un camino que no solo conducirá a unos Estados Unidos más fuertes dentro de este hemisferio, sino también a futuros más sólidos, seguros, libres y prósperos para todos ustedes.

Queremos socios fuertes, confiables y eficaces, no socios débiles y dependientes.

Los instamos a aprovechar esta oportunidad.

Muchas gracias.

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